lunes, enero 28, 2008

NIETZSCHE CONTRA WAGNER




Intro.

La postura de Nietzsche frente a la obra de Richard Wagner presenta un ejemplo de cómo el pensamiento toma la forma de una crítica a los valores modernos. No obstante dicha postura suele ser tomada como un conflicto personal que no trasciende más allá de comentarios fragmentados a través de su obra y en uno de sus últimos escritos (El caso Wagner), al que no se le presta atención, más que para ilustrar la euforia y las pasiones encontradas que se expresaban en los últimos momentos de lucidez de Nietzsche. La influencia de Wagner, afecta directamente la vida y la filosofía de Nietzsche ya que encamina su pensamiento desde muy temprano, al punto que la figura del músico llega a ser el reflejo de sus aspiraciones intelectuales y artísticas del filósofo; luego abjurará de esta poderosa influencia para convertirla en su antítesis. El recorrido que lleva a Nietzsche desde un extremo a otro de este problema, constituye una de tantas formas en que, para el filósofo, ''se llega a ser lo que se es'', asunto de primer orden en la medida que ilustra el devenir de una disposición del espíritu que sufre diversas transformaciones para llegar a un estado esencial. Las concordancias y discrepancias con Wagner marcaran este derrotero.
No hay contradicción en este problema aunque en apariencia pueda dar esa impresión. Hay que tener en cuenta que el pensamiento nietzscheano se desarrolla bajo la influencia de Wagner, pero que las motivaciones del mismo cambian a medida que la disposición de espíritu del filósofo va tomando la forma de un combate contra la cultura. En principio Nietzsche ve en Wagner la encarnación de unas fuerzas que responden a la ruptura con los ideales modernos a favor de la vida, fuerzas que trabajan al mismo tiempo en el joven profesor de filología, pero que al desarrollarse adquieren una cualidad distinta a las de las fuerzas que agencia Wagner.
La reflexión sobre el curso que toma del pensamiento nietzscheano frente a los ideales modernos apunta a la hipótesis de que se trata de un proceso en el que el filósofo asume y luego combate la carga que representan dichos ideales o valores que en sí mismos contienen el gran peligro, ante la imposibilidad de realizarse, de negar las manifestaciones de la vida en la existencia humana. En principio Nietzsche, a través de la música, intuye la capacidad que tiene el arte para transfigurar y afirmar la vida hasta en sus aspectos más terribles, y ve en Wagner al artista que tiene los medios para realizar este fin. Paradójicamente, a medida que se desarrolla el proyecto wagneriano, se hace cada vez más patente para Nietzsche la contradicción existente entre el carácter moderno de Wagner y su incapacidad de afirmar la vida al adoptar ideales que implican su negación.
Explorar la relación del filósofo con el músico resulta ser una vía para acercarse al pensamiento de Nietzsche, en lo relacionado con la transmutación de los valores modernos. Hay que tener en cuenta que Wagner fue capaz de mostrar mediante su arte el estado espiritual de una época en camino a la luz del entendimiento y a la realización de los ideales del progreso y la ciencia; sin embargo, según Nietzsche, Wagner, en actitud pesimista, busca en el arte y la filosofía, la oscuridad, como consuelo frente a un proyecto irrealizable: la modernidad.
Bajo este presupuesto, la interpretación de la crítica de Nietzsche a Wagner centrada en el artista pierde interés, mientras que adquiere significación desde la perspectiva de una crítica al pesimismo, es decir, a la disposición del espíritu que tiende a refugiarse en el pasado, a consolarse en la idea de la muerte ante un peligro inminente: la inevitable barbarie en la cultura moderna.
Las transformaciones en la disposición del espíritu de Nietzsche, son las transformaciones de la época que se evidencian en el propio individuo. El siglo XIX, específicamente la segunda mitad muestra un desencanto frente al proyecto moderno. Las condiciones sociales no corresponden a los anhelos del espíritu de la época. En Nietzsche puede verse un cambio de cualidad en la disposición del espíritu en la medida en que al principio se adhiere a la cultura en tanto que se vale de los conceptos de la época Kant, Shopenhauer, Hegel para expresar sus propias ideas y darle una justificación filosófica al programa a la renovación de la gran ópera wagneriana a través del drama griego, desde el texto El nacimiento de la tragedia. Posteriormente, en la enfermedad de Nietzsche lleva a un combate contra la cultura aleja cada vez más tanto de sus deberes académicos como de Wagner. También cuando surgen las dudas sobre los festivales de Bayreuth. Finalmente con el alejamiento de todo lo wagneriano por considerarlo una nueva forma de decadencia del espíritu. Este alejamiento es asumido por Nietzsche como una lucha contra lo que hay de pesimista en sí mismo, lucha que tiene como resultados toda la obra madura del filósofo desde Humano, demasiado humano hasta El anticristo.
Es un asunto que rebasa los límites de la pura discusión formal, para llevar la discusión a la experiencia vital de Nietzsche, ya que es inevitable observar que tras la euforia de Nietzsche en Turín durante 1888, el proceso se precipita en el derrumbamiento mental del filósofo, llevándolo a un estado en el que se le oscurece la posibilidad de crear nuevos valores, convirtiéndose su estado en un problema que plantea diversos interrogantes a la posteridad. ¿Es posible crear a partir del delirio las condiciones para la superación de los ideales del hombre moderno? O ¿debemos conformarnos con que el programa de Nietzsche llega a su punto más alto con el planteamiento de un hombre superior que se hunde en su propio ocaso a costa de su afirmación?
A continuación, se presenta una tentativa de acercarse a al programa monumental de Wagner para la renovación de la cultura, desde la perspectiva de Nietzsche, que experimenta en tal proyecto transformaciones que lo llevan a diagnosticar la enfermedad de fondo que trae consigo el progreso espiritual moderno.

Nietzsche wagneriano.

Al abordar algún tópico de la filosofía de Nietzsche, hay que tener en cuenta que todo problema surge de manera necesaria conforme con una vivencia vital. En ese sentido los problemas se organizan conforme a la intensidad de la vivencia. El encuentro con la música de Wagner no es una excepción, en 1861 cuando Nietzsche tenía 17 años llega a sus manos la partitura para piano de la obertura de Los maestros cantores, el ''preludio de Tristán''. Corresponde a una época en la que muy pocos se interesaban por la música de Wagner por considerarlo un ''arte disoluto'', ya que pretendía integrar en la música todas las artes. El preludio causaba reacciones negativas por lo extraño y novedoso. Particularmente a Nietzsche le causa un conflicto interior, puesto que provenía de una estirpe de pastores protestantes y además mostraba desde temprana edad una inclinación hacía lo extraño. La partitura de Wagner era una apertura hacía las fuerzas primarias de la vida. Este efecto se intensificó cuando tras su llegada a Leipzig en 1868 asistió a Los maestros cantores en un concierto de la sociedad. Según Fisher-Dieskau, ''la vivencia del Tristán fue la que le permitió al joven conocer de cerca lo dionisiaco y lo que lo impulsó a reflexionar sobre ello pues en la embriaguez y lo orgiástico del lenguaje de Tristán, el dolor parecía provocar la alegría, la alegría parecía convertirse en dolor'' Se confirma este hecho en una carta de Nietzsche a su amigo Erwin Rohde, después de asistir a este acontecimiento:
''Soy incapaz de enfrentarme a esta música con frialdad crítica: cada fibra, cada nervio palpita en mí , y no he tenido jamás, ni de lejos, un sentimiento tan duradero de arrobamiento como al escuchar la obertura citada en último lugar''
En ese mismo año ocurre el encuentro con Wagner, al que Nietzsche asociaba ya con los trágicos griegos que eran también poetas y compositores; además los sentimientos que le produjeron Los maestros cantores lo llevaron a relacionar la música de Wagner con la filosofía de Schopenhauer de la que era seguidor. Para Schopenhauer la música ''...es la copia inmediata de toda la voluntad de manera tal que ella misma es el mundo...'' Nietzsche no tardó en entender que había una relación entre la música y el ser verdadero de las cosas pues ''…la música es quien nos da todo lo que precede a toda forma, el núcleo íntimo, el corazón de las cosas…'' . En el encuentro entre el músico y el joven estudiante se habló principalmente de Schopenhauer; Wagner quedó impresionado e invitó a Nietzsche a su casa en Tribschen, visita que se realizó meses después, cuando es nombrado profesor de filología clásica en Basilea.
Los años setenta son de gran agitación espiritual para Nietzsche: estalla la guerra franco-prusiana; El joven profesor ve en Francia al enemigo de la cultura alemana, al igual que Wagner, aunque surjan dudas por parte del filósofo quien vio posteriormente en la guerra, una amenaza contra cualquier proyecto de renovación cultural. En medio de estas contradicciones, se inscribe en el proyecto wagneriano de renovación de la opera, que tendría su culminación en los festivales de Bayreuth donde la opera integraría al teatro, la poesía y la pintura en busca de la obra de arte total evocando a la antigüedad. Nietzsche se inscribe al movimiento con los escritos El drama musical griego, Sócrates y la tragedia y La visión dionisiaca del mundo.
En los primeros escritos (escritos preparatorios para El nacimiento de la tragedia) hay un afán por introducir el pensamiento griego a la cultura moderna, influenciado en parte por Wagner y en parte por preocupaciones particulares; en estos escritos afirma que ''…la música de los griegos está mucho más próxima a nuestro sentimiento que de la edad media…'' con la diferencia que ''…el griego genuino sentía siempre en ella algo ajeno a su patria, algo importado o del extranjero asiático…''
Tanto Nietzsche como Wagner consideraban que la música de su época estaba condenada al aislamiento de las artes por el influjo de la edad media: allí texto y música se disfrutaban separadamente, pero la música griega era esencialmente música vocal; había una unidad íntima entre texto y música mostrando un lazo natural entre el lenguaje de las palabras y el lenguaje de la música. Unidad que también se veía en la poesía, donde el autor era quien ponía música a su canción y el poema no se daba a conocer sino a través del canto. Este aspecto encajaba perfectamente con el clima espiritual de Alemania, donde el deseo de renovación cultural estaba ligado a una búsqueda de identidad nacional. De modo que una articulación entre lenguaje y música en la opera moderna implicaba la reivindicación de lo popular por medio de la música (la coral en la última parte de la novena sinfonía de Beethoven es un ejemplo de ello). Pero Nietzsche observaba que no necesariamente esta unidad entre texto y música llevaba a el sentimiento nacional, pues el griego sentía en esta unidad, lo extraño, lo extranjero, el sentimiento dionisiaco.
A partir de la divulgación de estos escritos, Nietzsche se convierte en un personaje polémico en los medios académicos por su visión del mundo griego y por sus simpatías por Wagner: su visión del mundo griego causa malestar por ser considerada una cadena de paradojas; su simpatía por Wagner, por su participación en 1869 en el congreso de obreros junto a Bakunin en Basilea. Nietzsche le escribe a Paul Deussen:
''Hay días, y muchos, en los que sólo hablo en nombre del cargo...también noto cómo mi preocupación filosófica, moral y científica persigue una meta, y cómo yo -quizá el primero de todos los filólogos- me convierto en unidad !Qué maravillosamente nueva y cambiada me parece la historia, especialmente el mundo helénico! He de enviarte de una vez las conferencias que pronunciado últimamente, de las cuales la última fue concebida como una cadena de paradojas y ha despertado en parte odio e ira. Tiene que haber escándalo. He desaprendido ya la consideración en lo fundamental: seamos compasivos y condescendientes con un hombre determinado, pero rígidos, con la antigua virtud romana, al manifestar nuestra visión del mundo''
Por estos días más que antes se manifiesta la pugna del filósofo entre vocación y profesión, causada en gran medida, por el llamado que le hace el proyecto wagneriano, pero sobre todo por que ''nota que su preocupación filosófica, moral y científica persigue una meta''. Esta meta también es un llamado pero desde la experiencia de lo dionisíaco que descubre en la experiencia griega de la música. Para entender lo que Nietzsche experimentó al descubrir en el coro griego, hay que tener en cuenta su origen:
En principio por "coro'' se designaba el lugar circunscrito para la danza, la palabra evoluciono al unirse el canto a la divinidad. Esta experiencia de danza y canto, que une lo pagano y lo divino, evoca un sentimiento musical que rige luego una idea poética provocando una sensación sin objeto. A esta sensación responde lo dionisiaco, en la medida en que conduce a un olvido de sí mismo.
El descubrimiento de esta experiencia cobra para Wagner vital importancia en lo que respecta a la opera, en la orquestación antes de la escena dramática pues originariamente escena y acción constituían el contenido del canto. Wagner empieza a explicarse la relación entre música y acción a la manera como lo ilustra Nietzsche, con la diferencia que no es el coro sino la orquesta la que debía cumplir la misión creadora en el escenario.
A pesar de la concordancia a la que llega Nietzsche con el maestro, la sensación que constituye el descubrimiento de una experiencia desconocida en el mundo griego lo lleva a una concepción ''nueva y cambiada de la historia''. A través del olvido de sí se llega a una nueva forma de sentir ''no histórica'' Es decir, que en el instante, al olvidar todo el pasado en el umbral del presente, se puede llegar a redimir la cultura en tanto que se pierde la culpa que sirve como motor de la historia.
Para Nietzsche, la culpa es la carga inherente que lleva la historia y que pesa sobre la cultura. Es la causa del cansancio de los instintos, del ennui que envuelve a la Europa de su siglo. La culpa se oculta en el saber científico, en el conocimiento racional que encuentra en la unidad de la conciencia, la garantía de una interpretación verdadera del pasado. Lo dionisiaco rompe la unidad, es el azar que la historia quisiera abolir. Nietzsche encuentra una de las fuentes de la culpabilidad en los antiguos, en el fin de la tragedia, cuando en el drama musical griego se impone la racionalidad a las fuerzas dionisiacas en la comedia ática. Allí el texto se emancipa de la música con el fin de hacer racional lo que antes carecía de lenguaje y se expresaba en potencia y derroche (música y danza). Esto, debido al auge del socratismo que para Nietzsche es signo de decaimiento anímico, de pérdida de fuerza vital.
Lejos estaba Wagner de comprender las fuerzas que atravesaban al discípulo, que se sentía atraído más por el haxis que le otorgaba el ''Tristán'' y por la jovialidad que encontró en Tribschen que por el proyecto cultural wagneriano. Ya intuía en la música de Wagner la expresión de decadencia vital que veía en la cultura.

Nietzsche contra Wagner.

Antes del ataque a Wagner, Nietzsche afirmaba con toda sinceridad que la tragedia a la manera de los griegos había vuelto a nacer con el músico. Nietzsche albergaba la esperanza que el arte de Wagner pudiera quitarle a los alemanes su inclinación al cristianismo, que su música podía conducir a un conocimiento antiguo-pagano del mundo. Pero cuando la empresa de Bayreuth empieza a convertirse en una realidad también se desencadena en Nietzsche una rebelión que tiene germen en sus primeros escritos. Además, se hacen patentes la diferencia de expectativas de cada uno con la empresa, mientras para Wagner el proyecto significaba la renovación de la cultura mediante la institucionalización de su arte como símbolo de un sentimiento propiamente alemán; para Nietzsche la renovación cultural debía ser el medio para llegar al sentimiento anterior, a toda forma de nacionalidad e identidad.
El proyecto de Bayreuth consistía en la realización de un festival, en esta ciudad, dedicado exclusivamente a la música de Wagner; allí se convocaría a lo más excelso del público alemán para que presenciara el arranque de la nueva cultura espiritual que daría un nuevo sentido a las artes. La ciudad contaría con un teatro exclusivo para la música de Wagner, quien estaría detrás de cada detalle para presentar todas las innovaciones y la aplicación de un nuevo gran formato para la opera. Como bien se puede verse en una carta al rey Luis de Baviera:
''Entiéndase que para mis obras que la causalidad externa ha lanzado al género de la opera, debería tener un teatro sólo para mí al que deberían invitarse, no al público de opera holgazán, acostumbrado a lo más trivial, sino únicamente a los que hasta ahora se han mantenido totalmente alejados de esos entretenimientos superficiales''
La idea de un escenario monumental estaba pensado en concordancia con una música monumental, llena de excesos de brillo y ornato, donde el compositor estaba en el centro, dominando y auto afirmándose en su propio arte. La empresa de Bayreuth, según Nietzsche, ''...pretendía ser el lugar de consagración del genio, en cuanto individuo aislado que sin signos precursores hace una nueva creación a un ritmo excesivo, alterando profundamente al público de su tiempo, que fue abordado sin aviso y al que se le exige ponerse al ritmo de esta creación...'' Nietzsche suponía ingenuamente, en principio, que la empresa de Bayreuth integraría al público con la obra de manera similar a como ocurría en el drama musical antiguo. Lejos estaba de adscribirse al programa de Wagner al pie de la letra, luego de presenciar el carácter de fiesta popular que tomó el festival. Habiéndole aportado sustento teórico a su ópera al poner a los griegos a su alcance, vio que el público alemán no estaba a la altura de los sentimientos de una comunidad dionisiaca. Al contrario, Nietzsche veía en todo lo alemán, tal como se configuraba su espíritu, cansancio de instintos y sospechaba que bajo el cuerpo de la opera wagneriana no había otra cosa que romanticismo encubierto por un helenismo de gran formato.
Esto por supuesto no cayó muy bien en los wagnerianos que tenían fe en que la empresa de Bayreuth motivaría un arranque hacia la creación de los símbolos más excelsos de la nacionalidad. El espíritu misántropo de Nietzsche no estaba en concordancia con lo que se estaba convirtiendo el festival, como lo registra en Ecce homo:
¿Dónde estaba yo? No reconocía nada, apenas reconocí a Wagner. En vano hojeaba mis recuerdos. Tribschen, una lejana isla de los bienaventurados: ni sombra de la semejanza...¿Qué había ocurrido? !Se había traducido a Wagner al alemán! !El Wagneriano se había enseñoreado de Wagner!
Estas impresiones llevaron a Nietzsche al convencimiento de que el refinamiento en la música y ser popular al mismo tiempo denotan un retroceso en el pathos y un avance en las formalidades. Eso precisamente fue lo que encontró Nietzsche como síntoma de decadencia en los griegos con la desaparición del drama musical y el surgimiento de la comedia ática. Tanto Eurípides como Wagner pusieron sus esperanzas en el pueblo para elevar su arte. En Sócrates y la tragedia muestra cómo el fin del drama musical y el surgimiento de la comedia ática se caracteriza, coincidiendo en ello con los personajes de la ópera wagneriana, en que los rasgos grandes y audaces que habían reproducido los actores, se volvieron más fieles respecto a la vida cotidiana . Se trataba, en ambos casos, más de hacer entender al espectador el desenlace del drama, que de producir en él el pathos propio del sentimiento dionisiaco.
Ante esta situación Nietzsche se retira discretamente de Bayreuth a iniciar los preparativos para Humano, demasiado humano. Por su parte, Wagner siente que los festivales fracasaron en el montaje teatral y escenográfico a causa de la imposibilidad de hacer convincente el gran formato. Se recoge entonces a la composición del Parsifal. La obra de Nietzsche y la de Wagner están ya en completa disonancia, principalmente por la conversión de Wagner al cristianismo.
La postura de Nietzsche no sólo cambia frente al enfoque teatral que le dio Wagner a su música; también frente a la concepción de la música en general, que antes se apoyaba en filosofía de Schopenhauer. La música, para Schopenhauer, estaba ligada a la imagen del mundo; esta era la expresión de su voluntad. En Humano, demasiado humano, Nietzsche escribe en un apartado titulado ''La música'' que dice "…en sí, la música, no es profunda ni significativa, no habla de la «voluntad» ni de la «cosa en sí», esta identificación es una imaginación de la época que hubo conquistado todo el campo interior para el simbolismo musical". Sin embargo, este cambio de actitud respecto a la naturaleza de la música frente al mundo no es repentino; responde a lo formulado en El nacimiento de la tragedia respecto a la desaparición del drama musical y el surgimiento de la comedia ática. En esta última, la visión del mundo es optimista en la medida en que se hace racional, comprensible para todo el público, mientras que en el drama musical el mundo es lo cruel, lo peligroso a lo que se accede desde la música y el canto. Paralelamente Nietzsche observa que en la ópera de Wagner ''…el aspecto feo del mundo originariamente hostil a los sentidos ha sido conquistado por la música…''. Hay que aclarar que el pesimismo, tal como es asumido por los antiguos, no implica como en Schopenhauer una renuncia al mundo; por el contrario denota una actitud vital frente a la sobreabundancia de la existencia, como lo dice Nietzsche en el ensayo de autocrítica al nacimiento de la tragedia:
"¿Es el pesimismo necesariamente signo de declive, de ruina de fracaso de instintos fatigados y debilitados?....¿Existe un pesimismo de la fortaleza? ¿Una predilección por las cosas duras, horrendas, malvadas, problemáticas de la existencia, predilección nacida del bienestar, de una salud desbordante, de una plenitud de la existencia? ¿Se da tal vez un sufrimiento causado por esa sobreplenitud? ¿Una tentadora valentía de la más aguda de las miradas, valentía que anhela lo terrible, por considerarlo el enemigo, el digno enemigo en el que poder poner a prueba la fuerza?, ¿en el que ella quiere aprender qué es sentir ''miedo" ¿Qué significa, justo entre los griegos de la época mejor, más fuerte, más valiente, el mito trágico? ¿Y el fenómeno enorme de lo dionisiaco? ¿Qué significa, nacida de él la tragedia? "
Desde esta nueva perspectiva del pesimismo surge el cambio de óptica frente a la música, como una expresión de su nueva postura frente a Wagner y Schopenhauer; asimismo hay un combate frente a los ideales que sostienen la cultura moderna en la medida que son encarnados por los dos autores. La influencia de Wagner y Schopenhauer había motivado a Nietzsche a darle un excesivo valor al arte respecto a la vida, afirmando, en el ''prólogo a Richard Wagner'' que "…el arte es la tarea propiamente metafísica de la vida…''. Ahora Nietzsche considera que este presupuesto significa que el hombre "…sólo se redime en la apariencia…'', lo cual va en contra de la experiencia de lo dionisiaco descubierta en la visión del arte griego. Esto quiere decir que bajo el influjo de Wagner y Schopenhauer la música cumple el papel de consuelo metafísico frente a la visión pesimista del mundo, mientras que Nietzsche defiende la idea de que la música no es resignación frente al mundo sino afirmación y transmutación del mundo a favor del carácter trágico de la vida. La música de Wagner se le presenta ahora como un consuelo en el que la cultura alemana encuentra un narcótico para evadir la realidad y confortarse en la idea.
El ataque de Nietzsche a Wagner toma una forma explícita, luego de la muerte del músico en los escritos posteriores a Así habló Zaratustra, desde Más allá del bien y del mal hasta Ecce homo. Por este tiempo la obra de Wagner era un estandarte del espíritu alemán. Nietzsche revisa en estas obras lo antes dicho en el lenguaje de Wagner y traducido al lenguaje de Zaratustra. Entretejiendo las alusiones a Wagner en este periodo se llega a la conclusión de que el problema no es ¿por qué Nietzsche se alejó de Wagner? Sino ¿Cómo pudo estar tanto tiempo ligado a músico? Wagner era una promesa para Nietzsche, al igual que Nietzsche para Wagner; pero aunque hubo un encuentro, en el descubrimiento del drama musical griego, a partir de allí cada cual tomó direcciones opuestas; mientras Wagner encontró su destino en los ideales de la comedia ática, Nietzsche tomó la vía de la tragedia.
Si se examinan con cuidado los postulados de Nietzsche en sus obras maduras, puede verificarse su constancia; el contenido se mantiene; pero donde antes nombraba a Wagner como encarnación de una doctrina, ahora se nombra a sí mismo o a Zaratustra: lo que se aprecia como cambio respecto a Wagner, no es otra cosa que la superación del “lenguaje de la cultura” en la misma medida en que ésta va perdiendo su peso en su propia experiencia vital. La separación de Wagner y la distancia a Schopenhauer implican un desprendimiento de los valores culturales del romanticismo, como bien lo dice en Ecce homo:
''A un psicólogo le sería lícito añadir aún que lo que en mis años jóvenes oí yo en la música wagneriana no tiene que ver en absoluto con Wagner; que cuando yo describía la música dionisiaca, describía aquello que yo había oído, - que yo tenía que traducir y transfigurar instintivamente todas las cosas al nuevo espíritu que llevaba dentro de mí. La prueba de ello, tan fuerte como solo una prueba puede serlo, es mi escrito Wagner en Bayreuth: en todos los pasajes psicológicamente decisivos se habla únicamente de mí -, es lícito poner sin ningún reparo mi nombre o la palabra ''Zaratustra'' allí donde el texto pone la palabra Wagner.''
Para Nietzsche, el coincidir tanto con la música Wagner como con la filosofía de Schopenhauer, era causado por el uso que hacía de la semiótica particular de estos autores, con cuyos signos y medios lingüísticos intentaba expresar su propio pensamiento que a medida que se alimentaba de la experiencia de lo dionisíaco se encontraba cada vez menos conforme hablando en estos términos. Por lo tanto no hay una contradicción en este pensamiento, sino la superación del lenguaje en que se expresaba. Hay que tener en cuenta que la lucha contra la cultura es para Nietzsche una lucha contra el lenguaje que no permite expresar la emoción y el sentimiento que descubre en su vivencia particular de la modernidad.

El caso Wagner.

El caso Wagner es un ejemplo del combate de Nietzsche contra las formas de expresión de la cultura moderna, siendo más que un diatriba contra Wagner desde la ópera italiana el resultado de una rigurosa revisión del idealismo alemán (Fichte, Schelling, Schopenhauer, Hegel, Kant) que daba cuenta de la cultura desde el orden moral, interponiendo el ideal a la experiencia del hombre con el mundo. Nietzsche indica un escape a este orden moral, oponiendo al ideal la vivencia que surge del instante único e irrepetible en la experiencia de lo dionisiaco. A partir de esta vivencia se organizan los saberes en la búsqueda de una cultura que se integre con la vida.. El idealismo por su parte, propone una organización de la historia, que negando la vivencia vital, determina como finalidad la realización de la idea, realización que no se logra hasta que se llegue a la igualdad de condiciones de vida. Para Nietzsche lograr la igualdad de las fuerzas de la vida es una tarea irrealizable, pues estas se encuentran en un constante devenir; de manera que dicho ideal sólo se desarrolla como promesa, siendo la fuente de la desazón, del cansancio moderno, que desconoce experiencias a-históricas. Nietzsche considera que el hombre debe ser superado, en la medida en que no soporta el vértigo que causa este tipo de experiencia. Para ello propone que el hombre moderno debe asumir esta tragedia, convirtiéndose en superhombre. En Wagner en Bayreuth ya decía que "…el individuo debe ser transformado en un ser superior a la persona por medio de la tragedia que debe hacerle olvidar el espanto que causa la muerte y el tiempo…" y en El crepúsculo de los ídolos define lo trágico como:
El decir sí a la vida incluso en sus problemas más extraños y duros; la voluntad de vida regocijándose de su propia inagotabilidad al sacrificar a sus tipos más altos, - eso fue a lo que yo llame dionisíaco, eso fue lo que yo adivine como puente al poeta trágico. No para desembarazarse del espanto y la compasión, no para purificarse de un afecto peligroso mediante una vehemente descarga del mismo...sino para más allá del espanto y la compasión, ser nosotros mismos el eterno placer del devenir, - ese placer que incluye el placer del destruir...
Dentro de este contexto debe ser entendido El caso Wagner, como un ''caso'' en el que el arte ha tomado los valores del idealismo alemán a los que se le opone la experiencia trágica de la existencia. Del mismo modo, la crítica a la música que allí se plantea tiene como fin revisar la obra de Wagner a la luz de esta experiencia. De otro modo ¿cómo oponer Wagner a Bizet? ¿cómo decir que una música es mejor que otra? Sí no se determinan los valores que la motivan, a saber: sí esta concebida para servir de consuelo, si es un síntoma de resignación o si se trata de una afirmación a vida con todo el elemento trágico que esto implica.
Es bien sabido el hecho de que la música de Wagner tiene toda su fuerza en el texto. Según Nietzsche, la función de esta música se limita a ambientar la acción. El contenido del texto, además es pesimista, los protagonistas son víctimas de las condiciones de la vida y buscan redención mediante el amor correspondido, encarnado en la mujer. Bizet, es para Nietzsche es un caso diferente, allí se aprecian los valores de la tragedia, la música predomina y motiva al texto, cuyo contenido es pagano, los personajes no buscan redención, sino que representan el amor al destino por medio de la guerra eterna entre los sexos. En el primer caso muestra un signo de decadencia; en el segundo de elevación.
Sólo cuando Nietzsche descompone la música de Wagner, se observa su relación con el estado espiritual de la modernidad. Nietzsche sabía que la música de Wagner desarrollaba una cierta inclinación a remontarse a su origen, haciendo uso del mito, celebrando así los elementos de donde había salido. Para Wagner todo tiene música propia y el origen de las cosas es el origen mismo de la música. Esto lo lleva a afirmar que en principio no está el sonido sino el gesto y a partir de éste busca el sonido. Wagner consigue así unir pequeñas unidades al gesto que es el que les da impulso por igual, agotando la fuerza particular de cada uno. Los elementos se ocultan así unos a otros lo que es particular, lo que no ha crecido en todos. De este modo muestra Nietzsche que hay una actitud moral y política de ''igualdad de derechos para todos, la vida, la vitalidad es pareja para todos, la vibración y la exuberancia de la vida queda reprimida y comprimida en las figuras más pequeñas y el resto vitalmente empobrecido."
Hay que tener en cuenta que la música de Wagner pretende llegar al gran público, por ello se concentra en lo primordial en lo común del sonido; pero puesto en gran formato, de manera que sea haga inteligible para todo el mundo, logrando causar un efecto en el sentimiento popular. Esta, según Thomas Mann es la experiencia de lo moderno aplicado a la música; esta busca la perfección sin ser exclusiva, no conoce el pathos que impone la distancia, al contrario pone las altas formas de la espiritualidad para hacerlas populares. Desde esta óptica se comprende que la crítica de Nietzsche va dirigida a los ideales modernos y no sólo se trata de un ataque personal a Wagner.
Se suele juzgar El caso Wagner con ligereza si se ve en su contenido un simple ataque personal a Wagner basándose en razones como la incapacidad que Nietzsche tenía para subordinarse, la frustración que sentía como músico. Hay que ahondar y ver, además que la crítica se basa esencialmente en la incapacidad que tenía Wagner para identificar las antítesis, siendo este rasgo a la vez es un caso general de la modernidad. Nietzsche muestra como cada época tiene una medida de energía a la que responden sus respectivas virtudes: las de una vida en auge y las de una vida en declive. A las formas de vida en declive se responde con las virtudes de la vida en auge; pero una vida en declive también se vale de las virtudes de la decadencia, y se resiste a todo tipo de plenitud como una forma de defensa, tales como el deseo de igualdad. La primera forma, corresponde a la moral de los señores y la segunda la moral cristiana. “Wagner no entendió esta distinción”, nos dice, en la medida en que ''…miró de reojo una moral de señores llevando a la vez la moral contraria, el evangelio de los bajos, la necesidad de redención…'' , mostrando así una inocencia entre contradicciones propia de la modernidad:
''...esa inocencia entre contradicciones, esa ''buena conciencia'' en la mentira son cosa ''moderna par excellence'', que define la modernidad. El hombre moderno representa en términos biológicos una contradicción de valores, se sienta entre dos sillas, dice sí y no de una sola voz. ¿Qué tiene de asombroso que precisamente en nuestros tiempos la falsia se hiciera carne y hasta genio, y Wagner habitara entre nosotros?...No sin razón le llame yo cagliostro modernidad. Pero todos, contra nuestra voluntad, contra nuestro conocimiento, tenemos metidos en la carne valores, palabras y fórmulas de origen opuesto; fisiológicamente considerados somos falsos...un diagnostico del alma moderna... ¿Por donde había de empezar? Por sajar con decisión ese cumulo de contradicciones entre instintos, por separar y extraer sus valores enfrentados, por la vivisección de su caso más instructivo.''
Nietzsche muestra como las contradicciones en el terreno moral están ''…metidas en la carne…'' es decir de manera fisiológica, transmitidos por los antepasados y heredados a la descendencia, por lo tanto se hace necesaria una genealogía de la moral donde se muestre el origen de estos valores, la energía que motiva cada forma de valorar. Del mismo modo, la crítica a Wagner es un examen fisiológico a su música para detectar las contradicciones que contiene. En La genealogía de la moral, Nietzsche se ocupa de mostrar como el Parsifal es una antítesis respecto a Los maestros cantores y como Wagner al principio, muestra un tipo como Sigifrido que representa los valores de la moral de la plenitud, la transfiguración, mientras que Parsifal es lo opuesto. Muchas veces Nietzsche se pregunta a que se debe esta contradicción, respondiendo que no se debe al caso particular sino a la energía que emanan los contradictorios tiempos modernos.

Conclusión.

No debe tomarse a la ligera a Nietzsche en su última etapa, en el momento que se hacía ya patente el deterioro de su salud mental, cuando afirma que su ataque a Wagner no era otra cosa que un ataque a sí mismo y que para librarse de Wagner tenía que vencerse a sí mismo. No se trata, como lo han querido ver sus detractores, de un delirio paranoico cualquiera. Todas las afirmaciones de Nietzsche responden a vivencias que han llegado a trascender en su filosofía. Estas afirmaciones se pueden integrar en que lo primero que un filósofo se exige es vencer a su tiempo. Y el ataque de Nietzsche es a su tiempo, pues tanto él como Wagner son hijos del mismo. Nietzsche descubrió que a través de Wagner hablaba la modernidad.
El rasgo que más se suele criticar en Wagner a través de Nietzsche es, su renuncia, el declive frente a la fuerza organizadora vital, la imitación de formas grandes que sin embargo están sostenidas en la maximización de lo minúsculo, buscando conmover los afectos a cualquier precio. Esto tiene su correspondiente en la modernidad con la democracia .
Para Nietzsche la democracia es una consecuencia de la concepción que el idealismo tiene de la historia, que se vale de ''…los medios heredados sin la correspondiente capacidad de justificarlos…'' , en la medida en que la democracia es la condición para que se desarrollen los ideales, y en la medida en que esta condición de igualdad es imposible en este mundo. Por lo tanto se hace promesa y se impone sin poder justificarse en el presente. Nietzsche, en cuanto hombre moderno, sufre esta situación, sufre el peligro que implican la realización de estos ideales, ya que el costo es el empobrecimiento vital, la negación del presente.
La experiencia de lo dionisiaco es un intento desgarrador por afirmar el presente a fuerza de refutar el carácter “bueno” del ideal, mostrando su contraparte: la amenaza de lo bueno para la vida. Para ello Nietzsche se libera a sí mismo de estos valores que en él se agencian en su relación con Wagner, relación que en un principio ya buscaba escapar de la tradición espiritual de Alemania. Cuando Wagner se vale de estos ideales, Nietzsche irrumpe contra el músico y descompone todos los conceptos que se servían de Wagner para manifestarse: Wagner como comediante, el arte como consuelo, el arte por el arte, que se transmutaron en la concepción del arte para la vida, el arte como afirmación, como él mismo lo expresa en el ensayo de autocrítica de El nacimiento de la tragedia.
En Nietzsche la metáfora de sus transformaciones, no son otra cosa que el camino que los hombre superiores, los espíritus del romanticismo, deben recorrer hacía el superhombre. Es el camino que Nietzsche recorrió, pero en cuyo fin encontró su ocaso, su hundimiento, su “locura”. Era tal el peso que la cultura ejercía en él que al abandonarlo se perdió en su levedad. Puede que su formula final ''Dionisos contra el crucificado" lo haya llevado a ser un "Dionisos crucificado" pues la historia sigue su camino hacia la idea mientras que se evade el instante que se realiza en sí mismo, a costa de Nietzsche y sus transformaciones.

Bibliografía.
Deleuze Gilles. Nietzsche y la filosofía. Traducción de Carmen Artal. Barcelona, Editorial Anagrama. 1994.
Fisher -Dieskau, Dietrich. Wagner y Nietzsche. El mistágogo y su apóstata. Traducción de Vicente Romano. Madrid, Altalena Editores. 1982.
Janz, Curt Paul. Los diez años de Basilea. Traducción de Jacobo Muñoz e Isidoro Reguere. Madrid, Alianza Editorial. 1981.
Klossowski, Pierre. Nietzsche y el círculo vicioso. Traducción de Nestor Sánchez y Teresa Wangeman. Barcelona, Editorial Seix Barral. 1972.
Mann, Thomas. Schopenhauer, Nietzsche, Freud. Traducción de Andrés Sánchez Pascual. Barcelona, Editorial Bruguera. 1984
Mann, Thomas. Grandezas y miserias de Ricardo Wagner. Santiago de Chile, Ediciones Ercilla. 1937.
Mann, Thomas. Doctor Faustus. Traducción de J. Farrán y Mayoral. Barcelona, Plaza y Janes Editores. 1982.
Nietzsche, Friedrich. El nacimiento de la tragedia. Traducción de Andrés Sánchez Pascual. Madrid, Alianza Editorial. 1994.
Nietzsche, Friedrich. Consideraciones Intempestivas. 1873-1875. Tomo II. Madrid, M. Aguilar Editor. 1932.
Nietzsche, Friedrich. Sobre la utilidad y el prejuicio de la historia para la vida. Traducción de Germán Cano. Madrid, Editorial Nueva. 1999.
Nietzsche, Friedrich. Humano, demasiado humano. Traducción de Edmundo Fernández González y Enrique López Castellón. Madrid, M. E. Editores. 1993.
Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra. Traducción de Andrés Sánchez Pascual. Madrid, Alianza Editorial. 1994.
Nietzsche, Friedrich. Más allá del Bien y del mal. Traducción de Andrés Sánchez Pascual. Madrid, Alianza Editorial. 1993.
Nietzsche, Friedrich. La genealogía de la moral. Traducción de Andrés Sánchez Pascual. Madrid, Alianza Editorial. 1994.
Nietzsche, Friedrich. Crepúsculo de los ídolos. Traducción de Andrés Sánchez Pascual. Madrid, Alianza Editorial. 1996.
Nietzsche, Friedrich. Ecce homo. Traducción de Andrés Sánchez Pascual. Madrid, Alianza Editorial. 1995.
Nietzsche, Friedrich. Nietzsche contra Wagner. El caso Wagner. Traducción de José Luis Arantegui. Madrid, Ediciones Siruela. 2002.
Schopenhauer, Arthur. El mundo como voluntad y representación. Traducción de Eduardo Ovejero y Mauri. México, Editorial Porrua. 1998.

domingo, noviembre 11, 2007

DON DELILLO

EL MOTEL





El silencio nunca es completo, ¿verdad? La electricidad estática de la habitación. Los matices y murmullos inherentes. Y la mujer en la cama. Su respiración acompasada. Él no sabe con total certeza si está dormida. La verdad es que nunca la ha visto dormir. Sospecha que tiene el sueño ligero. Hay algo en ella, un aspecto más de su determinación de sacar adelante sus planes, de hacerse utilizar, que hace pensar en una fuerte resistencia a la exuberancia que entraña el sueño profundo. A él le resulta difícil imaginarla en el trance de alcanzar las honduras del sueño, esa culminación de sangre caliente, de adormecimiento final, el punto en el que el sueño pasa a ser la pulsión vital del subconsciente, como la marea, un estado más allá de los sueños propiamente dichos. Ver a una mujer en esa fase del sueño, palpitante, obviamente en contacto directo con los misterios, nunca dejará de preocuparle un poco. En tales situaciones parece encarnarse una modalidad de la totalidad, una inmanencia, una verdad unitaria, a la altura de todo lo cual no están sus sentimientos.
Está descalzo y se ha quitado la camisa, que reposa sobre el respaldo de una silla. Lleva los pantalones con el cinturón desabrochado. La habitación está a oscuras. Se pregunta por la tendencia, tan propia de los moteles, de volver las cosas hacia el interior. Son una invención peculiar, poderosamente abstracta. Parecen ser la idea de algo, estar aún a la espera de hallar plena expresión en una forma concreta. Le entran ganas de preguntar si no hay algo más. ¿Qué hay detrás? Ha de ser el viajero, el automovilista, el que se detiene, quien da cuerpo a ese concepto. Una interioridad en espiral, cada vez más profunda. Racionalidad, análisis, comprensión de uno mismo. Dedica un instante a imaginar que este inmenso sistema de habitaciones casi idénticas, repartido por el mundo entero, se ha creado así para que las personas dispongan de un lugar donde asustarse con cierta regularidad. Las cáscaras de nuestras variadas búsquedas. Algún lugar donde asumir nuestros temores. Suelta una ^risa corta, un resoplido nasal.
Sonará el teléfono y se le indicará que vaya a un determinado lugar. Se le darán instrucciones detalladas. El número es conocido. Ya se ha comunicado antes. Se han dado ciertas garantías. Sólo es cuestión de tiempo. Volverá a impacientarse, desde luego. Tomará la resolución de irse. Pero esta vez sonará el teléfono y la misma voz de antes le dará instrucciones de naturaleza más detallada.
Emite el sonido «m», lo prolonga, le añade un asomo de vibrato al final. Vuelve a reírse. Raya el alba al parecer, mero atisbo, tal vez pura imaginación. No le apetece en especial que se haga de día. Emite el mismo sonido sin mover los labios, sin expresión.

Lo vemos de pie junto a la cama. La mujer le ha hecho tres visitas a lo largo de los dos días pasados desde que ocupa la habitación. Ahora está tumbada boca abajo, con un brazo sobre la almohada, el otro al costado. Aunque él siempre ha conocido cuáles son los límites de la mujer, los arenales invariables de su ser, se pregunta si su propia existencia es acaso más íntegra que la de ella. Quizás eso equivalga en cierto modo a una apreciación. Que el entrelazamiento de los cuerpos deba arrojar una medida de estima le sorprende, se le antoja pura incongruencia en este caso. Se fija en la palidez de la mujer. Un brillo aterciopelado a lo largo de la base de la columna vertebral. Ella sabe cosas. No está insensibilizada hasta la médula. Por ejemplo, ella sabe cómo es el alma de él.
(En ese momento, con su juguete de plástico blanco puesto, ese momento anómalo, sardónico, que a punto está de frisar en la crueldad, un opúsculo de brutal revelación, ella le hace saber que era un instrumento, que ella misma era el juguete, mera apariencia. Vibr-ad-or. Dicho como soñoliento murmullo infantil. Sólo se rozaron en calidad de colaboradores, de soñadores en un mar de satisfacción incolora.)
La complicidad de ella posibilita que él se quede. Le mira las concavidades de las nalgas. La oscura hendidura. El anillo de carne allí enterrado. Lo vemos caminar hasta la mesa, donde toma el mapa que lleva adjunto un callejero. Se lo lleva a la silla, en la cual se estira.
La idea consiste en organizar esa vacuidad. En el índice del callejero ve Briarfield, Hillsview, Woodhaven, Oíd Mili, Riverhead, Manor Road, Shady Oaks, Lake-side, Highbrook, Sunnydale, Grove Park, Knollwood, Glencrest, Seacliff y Greenvale. Todos estos nombres le resultan un maravilloso descanso, sin asomo de tensión. Son una letanía litúrgica, un conjunto de consolaciones morales. Un universo estructurado sobre tales coordenadas tendría el mérito de la sustancia y la familiaridad. Se nota algo mareado, parpadea deprisa, deja que el mapa se deslice hasta el suelo.
Al cabo de un rato se quita los pantalones. Con cuidado de no molestar a la mujer, con la cual no está ahora preparado para intercambiar ni palabras ni miradas, se acomoda en la cama. Apoya toda la región superior del cuerpo sobre un codo y se reclina de costado, de cara al teléfono. El instinto le dice que no tardará en sonar. Decide organizarse la espera. Eso le ayudará a poner las cosas en orden sistemático, o al menos le prestará la ilusión de un orden sistemático. Para eso, lo mejor son los números. Decide contar hasta cien. Si no suena el teléfono cuando llegue a cien, su instinto le habrá engañado, el orden se habrá resquebrajado, su espera quedará abierta a magnitudes de un espacio gris. Recogerá r sus cosas, se irá. Cien es el margen máximo de su consentimiento pasivo.
Cuando nada sucede, reduce la cuenta a cincuenta. Cuando llegue a cincuenta se levantará, se vestirá, recogerá sus cosas y se irá. Cuenta hasta cincuenta. Cuando nada sucede, reduce la cuenta a veinticinco.
Un destello de luz al borde de la ventana. Minutos, centímetros después, la luz del sol inunda la habitación. El aire condensa las partículas. Las motas se iluminan, una serie de tormentas de energía. El ángulo de incidencia de la luz es directo, es severo, lo que da a las personas que hay en la cama, a nuestros ojos, aspecto de hallarse dentro de un marco especial, una forma intrínseca que es perceptible, al margen de la aglutinación animal de las propiedades y funciones puramente físicas. Es de agradecer, nos absuelve de nuestro secreto conocimiento. Toda la habitación, el motel entero se rinde a ese instante de ablución lumínica. Los espacios y lo que contengan ya no son explicación, ya no significan, ya no sirven de ejemplo, ya no representan nada.
La figura reclinada sobre el codo, por ejemplo, es apenas reconocible como un varón. Despojándose de su capacidad y de sus rasgos a toda velocidad, aún se le podría describir (pero ha de ser muy deprisa) como un ser bien formado, sensible, bello. Nada más sabemos de él.

sábado, septiembre 22, 2007

Pump up the volume



A finales de los 80' y a principios de los 90' las películas sobre adolescentes no salían de los melodramas tipo changes are y de las comedias eróticas tipo Porky's. Pump up the volume es un caso aparte pues examina a los adolescentes promedio de las secundarias americanas de una manera realista enfocada hacía el ennui, el asilamiento y la impotencia; aspectos oscuros de la psiquis juvenil. Mark Hunter es el chico nuevo, callado y triste, de un pequeño pueblo de Arizona que se describe a sí mismo de esta manera:

"I could be that anonymous nerd sitting across from you in chem lab, staring at you so hard. Then when you turn around he tries to smile, but the smile just comes out all wrong. You just think, How pathetic. Then he just looks away, and never looks back at you again."

Sin embargo, todos los días a las 10 de la noche se convierte en Happy Hard Harry, un cínico DJ de una estación de radio pirata. Su programa que puede durar entre 5 minutos o 5 horas, se dedica presentar música anti-mainstream y a despotricar del sistema educativo americano. Pronto se convierte en una leyenda urbana y su influencia preocupa a la moral de su comunidad, sobre todo por sus lapidarias frases que desencadenan comportamientos subersivos en los jóvenes y un suicidio al aire:


"They say I'm disturbed. Well, of course I'm disturbed. I mean, we're all disturbed. And if we're not, why not? Doesn't this blend of blindness and blandness want to make you do something crazy? Then why not do something crazy? It makes a helluva lot more sense than blowing your… brains out"

o

"They think you're moody, make 'em think you're crazy. Make 'em think you might snap. They say you got attitude, you show 'em some real attitude."

Independiente del develamiento de todo un dispositivo de control que opera desde el interior de las familias y que se extiende a las instituciones de enseñanza, a través de la figura del Dj sátiro se trata todo tópico literario como lo es el free speech. Trás este aspecto se encuentra la víndicación de la figura de Larry Bruce, cuya autobiografía se ve reiterativamente en las manos del protagonista.



Lenny Bruce, es el padre del stand up comedy en los 50'. Se le reconoce porque superó el viejo concepto del cuentachistes y creó al observador mordaz e inteligente, capaz de lidiar con cualquier tema por incómodo que éste fuese para el poder como: el aborto, el Ku-Klux-Klan, el patriotismo, la discriminación racial, las drogas... Pese a la persecusión de la que fue objeto, Lenny como el protagonista de Pump up the volume se convirtío en una leyenda underground. La autobiografía de Lenny, How to talk dirty and influence people (parodía del libro de autosuperación de Dale Carnegie: How to win friends and influence people) narra sus avatares yendo contra la corriente americana. Infortunadamente el fin de Larry Bruce es trágico en 1966 a los 40 años, trás una exitosa carrera como comediante fue encontrado muerto es su apartamento víctima de una sobredosis de mórfina. Al año siguiente su imagen figuró en la portada del Sargent Peppers de los Beatles y Bob Dylan le compuso una canción biográfica:

Lenny Bruce is dead but his ghost lives on and on
Never did get any Golden Globe award, never made it to Synanon.
He was an outlaw, that's for sure,
More of an outlaw than you ever were.
Lenny Bruce is gone but his spirit's livin' on and on.

Maybe he had some problems, maybe some things that he couldn't work out
But he sure was funny and he sure told the truth and he knew what he was talkin'
about. Never robbed any churches nor cut off any babies' heads,
He just took the folks in high places and he shined a light in their beds.
He's on some other shore, he didn't wanna live anymore.

Lenny Bruce is dead but he didn't commit any crime
He just had the insight to rip off the lid before its time.
I rode with him in a taxi once, only for a mile and a half,
Seemed like it took a couple of months.
Lenny Bruce moved on and like the ones that killed him, gone.

They said that he was sick 'cause he didn't play by the rules
He just showed the wise men of his day to be nothing more than fools.
They stamped him and they labeled him like they do with pants and shirts,
He fought a war on a battlefield where every victory hurts.
Lenny Bruce was bad, he was the brother that you never had.

Este es uno de los célebres monólogos de Lenny que inspiraron Pump Up the volume

To is a preposition.
To is a preposition.
Come is a verb.
To is a preposition.
Come is a verb.
To is a preposition.
Come is a verb, the verb intransitive.
To come.
To come.
I've heard these two words my whole adult life, and as a kid when I thought I was sleeping.
To come.
To come.
It's been like a big drum solo.
Did you come?
Did you come?
Good.
Did you come good?
Did you come good?
Did you come good?
Did you come good?
Did you come good?
Did you come good?
Did you come good?
I come better with you, sweetheart, than with anybody in the whole goddamn world.
I really came so good and I came so good 'cause I love you.
I really came so good.
I come better with you, sweetheart, than anyone in the whole world.
I really came so good.
So good.
But don't come in me.
Don’t come in me.
Don’t come in me
Don't come in me, me, me, me, me, me, me, me.
Don’t come in me, me, me, me, me, me, me, me.
Don't come in me.
Don't come…. in me…in me in me.
Don’t come in me, in me….in me.
I can't come.
'Cause you don't love me--that's why you can't come.
I can't come.
I love you, I just can't come; that's my hang-up.
I can't come when I'm loaded, all right?
'Cause you don't love me.
Just what the hell is the matter with you-what has that got to do with loving? I just can't come that's all.
Now if anyone is this room or the world finds those two words decadent, obscene, immoral, amoral, asexual-- the words "to come" really make you feel uncomfortable--if you think I'm rank for saying it to you, you the beholder think it's rank for listening to it, you probably can't come. And then you're of no use, because that's the purpose of life, to re-create it.

Se podría afirmar lo que garantiza el orden social y del mundo es el lenguaje, la inversión del lenguaje altera el orden. Lo que no se puede nombrar, lo indecible, al hacerse lenguaje abre espacios de creación, de nuevas formas de expresión. Detrás de la decencia, del pudor, de las buenas maneras, del delimitamiento de lo políticamente correcto y lo incorrecto, se enmascara el miedo al cambio. Las formas del free speech hieren las buenas maneras, por eso resultan tan perturbadoras y provocativas. La razón de ser de la censura es mantener en silencio lo que convive con lo decible y es potencia de cambio. Desde el free speech se afirman las contradicciones y se abre el espacio de la creación de nuevos ordenes, de nuevas realidades. Para esto el free speech debe superar su propia ironía....

domingo, septiembre 02, 2007

Alguien puso bombas y rompió los maniquís de Chapinero



Hora Local apareció en la segunda mitad de la década de los 80. En pleno auge del "rock en español", en el 89, año del concierto de conciertos en el Campín. El mes pasado se relanzó en Cd su único trabajo, acompañado de material adicional: el sencillo El Rock no te necesita y su lado B Matanza en el bar más dos canciones inéditas. Viene acompañado de un cd tributo con la participación de grupos nacionales como Nawal, Aterciopelados, Odio a Botero, Pornomotora, Morfonia y Carlos Vives.

El sonido de Hora Local sorprende a pesar del paso del tiempo, pues a pesar de su color local mantiene una línea que evoca el sónido de Manchester de finales de los setenta o al sonido punk de el Sandinista de The Clash. En track la chica de Chernobyl resuena la atmósfera de Joy División, la letra habla de los efectos de una nube radiactiva que va desde Kiev hasta Choaci. Londres es un tema apocalíptico sobre una banda que reinventa el rock desde las ruinas de un edificio destruido por una catastrofe nuclear. Recuerda al David Bowie en Diamond Dogs. Del disco tributo resalta la versión que del tema hace Carlos Vives, mostrando su faceta más rockera. Los tributarios de Hora Local mantienen el estilo post-punk de la banda dándole unidad y coherencia a la producción en general.

miércoles, agosto 29, 2007

SEXUALIDAD Y CULTURA



1. Erotismo y función reproductiva

No es extraño encontrarse aún en nuestros días con aquella creencia propia de las sociedades emergentes que buscan consolidarse, de que el fin de la actividad sexual humana es la reproducción. Detrás de dicha creencia está la necesidad social de instaurar unas prácticas sexuales económicamente útiles, es decir, encaminadas a aumentar la población, a reproducir la fuerza de trabajo, a mantener la forma de las relaciones sociales.

Si bien es cierto, que la sexualidad cumple la función de perpetuar la especie, hay toda una dimensión del comportamiento humano que se expresa en las prácticas sexuales no reproductivas. Ésta dimensión se conoce con el nombre de erotismo. Por erotismo entendemos todo tipo de prácticas sexuales encaminadas hacía una búsqueda psicológica independiente del fin natural dado en la reproducción.

El erotismo es una búsqueda psicológica en la medida en que su práctica permite a determinado individuo proyectar su propia individualidad hacía el exterior y reconocerse en otro, en un objeto de deseo. Dicha proyección lleva al conocimiento de sí a partir de la experiencia en el límite de los sentidos. En el deseo sexual se proyecta todo aquello que circunscribe nuestra identidad como sujetos, por ello se dice que en el deseo sexual proyectamos lo que se escapa a nuestro principio de realidad. A través de la sexualidad es posible acceder a otras realidades, en la medida en que en el acto sexual se accede a otro nivel de conciencia.

Sin embargo, teniendo en cuenta las prescripciones que limitan el ejercicio de la sexualidad, lo que se proyecta a través del deseo rara vez es la expresión de un más allá de la propia identidad, sino la expresión de una prohibición, esto es, la culpa. Es por esto que censurar el erotismo, poner en tela de juicio su práctica en razón de una utilidad, lleva a que la búsqueda de sí mismo a través de la sexualidad se realice desde el ámbito de lo prohibido. Desde está perspectiva se explica que el ejercicio libre de la sexualidad este enmarcado por la sensación de estar realizando un acto ilícito, es decir, por la culpa. En este sentido se dice que en nuestra cultura, el erotismo se opone al ejercicio de la religión, en nuestro caso, a las prácticas cristianas. El erotismo se encuentra entonces con la imposibilidad de ser una forma de conocimiento de sí y del otro, pues dentro de la prohibición cobra más valor la búsqueda del placer que la búsqueda de la verdad.

El erotismo nos acerca a la verdad en la medida en que en el acto sexual nos hacemos uno con el otro, por un momento somos yo y el otro la totalidad. En las prácticas religiosas cristianas sucede lo mismo por medio del sacrificio, de la comunión; por medio de los estados de éxtasis místico, el fiel se hace uno con Dios. Sin embargo, en el cristianismo se llega a estos estados a fuerza de negar la carne, o lo que es lo mismo el cuerpo. No obstante, es bien sabido que el erotismo y lo sagrado no han estado separados siempre, muchas religiones han adoptado prácticas sexuales con el fin de alcanzar el estado divino. Tanto en la experiencia de lo divino como en la experiencia sexual se alcanza el éxtasis, es decir, se es uno con el todo. El mundo cristiano relegó la unión de lo sexual y lo divino al ámbito de lo pagano.

No es coincidencia que las sociedades modernas hayan adoptado la concepción cristiana de la sexualidad para afianzarse en una unidad cultural. Los ideales cristianos de castidad, “el sexto y noveno mandamiento”, son compatibles con el proyecto moderno de una sociedad homogénea y productiva.Hay que tener en cuenta que antes de la prohibición del cristianismo sobre las prácticas eróticas, el límite de la actividad sexual en principio fue el tiempo del trabajo, pues se ha creído que la actividad sexual impide el desarrollo idóneo de determinadas labores.


2. Erotismo, totalidad y fragmentación

Al conferirle a la sexualidad únicamente una función reproductiva se cierra la posibilidad de entrar a la dimensión de conocimiento que tiene el erotismo en la vida humana. El acto sexual nos hace experimentar los límites de nuestra existencia. Esto es así porque, si bien para la sexualidad con fines reproductivos no es fundamental la idea del erotismo; para el erotismo es fundamental la idea de la reproducción en el acto sexual pues es allí donde se hace manifiesto la totalidad y la fragmentación de la vida. Volvamos sobre esta idea:

Se dice que los seres humanos somos discontinuos o fragmentados por las diferencias que hay entre un ser y otro, esto tiene su razón de ser en la vida ctidiana, pero lo que nos hace fragmentados en sencia es que solos enfrentamos dos acontecimientos primordiales: el nacimiento y la muerte. Estos acontecimientos pueden tener interés para los demás pero sólo tiene un interés esencial para quien los vive. Claro está que aunque somos discontinuos, estamos fragmentados, por medio del acto sexual accedemos a la continuidad. Accedemos a la continuidad o totalidad en el erotismo al experimentar el límite de nuestro cuerpo frente al cuerpo del otro. En la comunicación sexual experimentamos al otro más allá de las palabras y los gestos. En el acto sexual el individuo escapa de la individuación, siente que retorna, que vuelve a ser uno con el todo. El acto sexual es, entonces, un movimiento de lo discontinuo a lo continuo. El movimiento de un ser fragmentado movido por la nostalgia de la continuidad perdida, el movimiento de un ser en busca la totalidad. La totalidad es aquí es entendida como aquello que nos vincula al ser de manera general.

En conclusión se puede decir que la búsqueda de la totalidad a través del erotismo no deja de ser una forma violenta de buscarla, sobre todo si las prácticas sexuales están enmarcadas en el ámbito de la prohibición. En nuestra cultura, la religión cristiana, es uno de los principales reguladores de la actividad sexual no reproductiva. Muchas de nuestras creencias respecto a la sexualidad se apoyan en prejuicios religiosos (el celibato, la monogamia, la censura a las prácticas no heterosexuales, la prohibición de métodos anticonceptivos). En el ámbito de la prohibición el erotismo se hace profano. En este sentido el cristianismo se opone al erotismo. El erotismo no es sagrado para la religión cristiana, pues sólo lo divino es la esencia de la continuidad, por ello relega la sexualidad a la función reproductiva.

En el acto sexual que involucra el erotismo los humanos toman conciencia de sus límites. El erotismo pone al individuo al límite, lo hace conciente de su finitud. En el acto sexual los cuerpos fragmentados entran en la totalidad, pues hay un paso de lo continuo a lo discontinuo en el acto sexual. Desde esta perspectiva se puede decir que el acto sexual, en el humano, tiene como punto de partida una búsqueda psicológica independiente del el fin natural dado en la reproducción, ya que en lo que sucede en el acto sexual es que el individuo toma conciencia de sus límites y desea rebasarlos para hacerse uno con la totalidad.

3. Erotismo y religión


En esencia el erotismo y la religión no se oponen. Es la prohibición fundamentada en los intereses socioeconómicos de una clase social emergente lo que hace que el erotismo y lo sagrado se opongan. Para muchas religiones la sexualidad constituye la piedra angular para vincular lo humano y lo divino, por ejemplo para los hindúes el sexo tántrico, la orgía y el kundalini más que una forma de obtener placer, son prácticas para integrar los sentidos a la experiencia de la totalidad.
La cultura que nos circunda es ajena a estas experiencias ya que la ética del trabajo y la religión se apoyan en la castidad entendida como el respeto al cuerpo propio y al de los demás conforme a la voluntad de Dios. En la religión cristiana la castidad equivale a la razón, al sometimiento de las palabras, pensamientos y deseos conforme a la voluntad divina. Dios ha entregado a los cristianos dos preceptos para lograr este fín: “no cometerás actos impuros” y “no consentirás pensamientos y deseos impuros”, el sexto y noveno mandamiento respectivamente. Lo que buscan estos mandamientos es el dominio racional de la sexualidad.
Desde la perspectiva planteada, que vincula el erotismo y lo sagrado, el dominio racional de la sexualidad no es otra cosa que la negación del erotismo y el posicionamiento de la sexualidad en un acto utilitario. La razón de ser del cristianismo es utilitaria en la medida en que su única misión es la transmisión de la vida conforme al plan de Dios. El matrimonio constituye en está lógica el lugar lícito para la realización de las prácticas sexuales con el único fin de la transmisión de la vida humana.
La castidad y la pureza son entonces las virtudes que regulan la sexualidad. La pureza expresa la renuncia total al uso de la sexualidad y la castidad expresa la renuncia a todo uso ilícito de la misma. Lo que buscan estas virtudes es la sumisión de la pasión sexual a la razón humana. Este tipo de sumisión abre un campo donde la prohibición y la negación del erotismo fragmentan al individuo de la vida y de la experiencia de la totalidad.

3. Perspectiva de género




A la mirada de la sexualidad con fines reproductivos, hombres y mujeres cumplen con los roles establecidos dentro de la lógica utilitaria. La familia constituye aquí el escenario en el cual se desarrolla cada individuo, hombre y mujer dentro de su rol. Dentro de la lógica de estos roles, recae sobre la familia la perpetuación de la especie, donde la mujer cumple las labores de crianza y el padre las de proveedor. El desarrollo de la familia marca el curso del desarrollo de la humanidad, pues al interior de la familia se reproducen las prácticas racionales que mantienen a un determinado grupo social como modelo a seguir e instaurar dentro de toda la especie. Cabe decir que las prácticas tanto sociales y económicas que no correspondan a este modelo son excluidas y proscritas tanto por la moral como por las formas jurídicas. Así, la censura pesa sobre toda práctica sexual que sea inútil dentro de la lógica mencionada.
Esta perspectiva que determina al hombre y a la mujer en un rol determinado reprime la libido (energía sexual) del individuo produciendo lo que Freud llamó el malestar en la cultura. Dentro de la lógica utilitaria el hombre reprime la energía sexual femenina y la mujer la masculina. Esta represión conduce a la inarmonía o asimetría en la relaciones entre los sexos. Frente a este problema se han pronunciado pensadores como Jung quien identifica, tras el rostro que el individuo muestra al mundo, sea masculino o femenino, una cara interior de naturaleza opuesta. Jung ha llamado ha esta cara opuesta al rostro que se muestra al mundo ánima cuando expresa el lado femenino de la psiquis del varón; y ánimus a la parte masculina de la psiquis femenina. Esta cara interior se ha desarrollado a causa de la interacción de los sexos durante generaciones y ha servido para facilitar la comprensión del sexo opuesto. Según Jung el ánima y el ánimus es una de las principales causas de la atracción apasionada o del rechazo exaltado.
La cultura occidental tiene vastos antecedentes en relación a menospreciar lo femenino en los hombres y los aspectos masculinos en la mujer. Ya desde la infancia se acostumbra a burlar y cohibir con los apodos de “mariquitas” y “marimachos” a los niños y niñas que exteriorizan características del sexo opuesto. Esto suele conducir a que el rostro exterior adquiera prioridad y se reprima al ánima o al ánimus. Dice Jung que este desequilibrio ocasiona la rebelión de la cara interior que impulsa a comportamientos tanto misóginos (odio a la mujer) como androfóbicos (odio al hombre).
Es importante aclarar que la relación del hombre con el ánima no es una relación de analogía o de semejanza del hombre con la mujer. Tampoco la relación de la mujer con el ánimus tiene este carácter. La relación del hombre o la mujer con la otra cara de su sexo es un devenir-hombre o devenir-mujer. El devenir es un proceso en el que se produce la mujer en el hombre y viceversa. Dicha producción es posible en la medida en que molecularmente la mujer contiene al hombre y el hombre a la mujer. Esta fórmula rompe con la división dual masculino-femenino, en la cual la diferenciación de sexos es producto de la imposición de roles. Desde el proceso de los devenires, realizar una acción específicamente femenina por parte de la mujer implica un devenir-mujer, es decir, producir átomos de feminidad capaces de impregnar un campo social y de contaminar a los hombres, de atraparlos en ese devenir. Este proceso vale lo mismo para el hombre.

martes, agosto 14, 2007

24 HOURS PARTY PEOPLE



A la memoria de Tony Wilson. Reproduzco un extracto artículo que escribí para un Fanzine Pirata en el 2002 luego de ver la película de Michael Winter Botton.

El director narra el auge y la caída del movimiento post-punk de los años 70 en Manchester por medio de un documental-argumental que indaga en la vida de Tony Wilson, fundador de la disquera Factory records. Factory Records promovió en Manchester a grupos como The Smiths, Joy división, Buzzcocks, Happy Mondays, entre otros.

El movimiento de Manchester se origina en 1976, con la presentación de los Sex Pistols ante 40 personas, entre ellas Morrisey, Ian Curtis y el pelirojo de Simply Red. Los pistols les dejan la lección de que para formar una banda de rock sólo se necesita actitud y algo que decir. Los Pistols tocan a estos jóvenes músicos que no se animan a salir a tocar porque se sienten opacados por las superbandas londinenses, por los grandes espectáculos y la explosión del Glam. Tony Wilson es uno de los primeros que desprende de la pared sus posters de David Bowie, Pink Floyd y los Rolling Stones para poner en su lugar las de sus amigos punk.

Wilson le da espacio a las nuevas bandas en un pequeño espacio de TV local y en su club inspirado en Andy Wharhol, The factory. Allí debuta el convulsionado Ian Curtis con su bada Joy Division. Joy división toma su nombre de un burdel nazi de prostitutas arias de la segunda guerra, recreado en la novela "la casa de las muñecas" de Ibsen. Como es bien sabido Curtis se suicida dejando tras de sí una estela post punk de donde surge el New Wave, es decir, Punk con sinetizadores. Wilson se encarga de llevar el sonido New Wave a las discotecas dando inicio a los Rave's party.

Los dj reemplazan a las bandas en Manchester, el dejo Punk se vuelve Glamour, moda y cocaina. Los narcotraficantes se incorporan a la escena. WIlson lanza a New Order paralelamente a los Happy Mondays. Blue Monday de los Order es un éxito, pero los clubes y los Happy Mondays llevan a Wilson a la quiebra. Posteriormente la movida de Manchester es absorvida por las grandes disqueras de Londres. Los indies ceden a las exigencias comerciales. El new wave sigue el camino de las super bandas de los 70 en los 80, el reflejo es el complaciente sonido tecno.

miércoles, julio 11, 2007

Pensamiento, cuerpo y conciencia. (Descartes y Bergson)


Para escapar del solipsismo y no renunciar de entrada al valor del conocimiento que no se comprueba sino por la experiencia, es decir, que se expresa en los sentidos y sólo se actualiza en ellos; resulta sugestivo empezar este texto afirmando con Bergson que la existencia de la cual estamos más seguros y que mejor conocemos es la propia. No obstante, tal afirmación no tiene un carácter racionalista, no remite al celebre cogito cartesiano (yo que dudo, yo pienso, yo soy, yo soy una cosa que piensa, entonces, pienso luego existo), aunque en cierta medida afirmar que la existencia de la cual estamos más seguros y más conocemos es la propia, es un punto de partida, un presupuesto para emprender cualquier tipo de excursión de conocimiento. Hay una seguridad análoga a la del cogito al reconocer que podemos conocernos mejor a nosotros mismos que a los objetos exteriores. Claro está que nuestro punto de partida no es un punto inmóvil de certeza que afirmaría la clásica oposición entre la mente y el cuerpo o el sujeto y el mundo. Por el contrario, en lugar de afirmar que pensar es sinónimo de existir se afirmara que existir sólo puede ser sinónimo de cambio.

El pensamiento para la filosofía clásica es más que un acto mental de tipo cognoscitivo- intelectual. El pensamiento se refiere a todo contenido mental, es decir, a todo lo que se encuentra en la mente. Pensar abarca todo lo que percibimos inmediatamente por nosotros mismos. Para la filosofía racionalista inaugurada por Descartes entender, querer, imaginar y sentir son la misma cosa que pensar. Sin embargo, contrario a lo que parece a simple vista, aquí la identificación del pensamiento con el sentir no proporciona una imagen dinámica del pensamiento. La existencia acá no es equivalente al cambio sino con lo que está libre de toda duda, es decir, con el pensamiento. El pensamiento tiene la particularidad de resistir a todo embate de la duda, para Descartes. No hay certeza en la existencia del mundo, ni en la existencia de otras mentes distintas a la propia en la duda cartesiana. Sólo hay certeza en aquello que viene acompañado de conciencia, pensar para Descartes es “ser conciente de”, por lo tanto el pensamiento es todo lo que viene acompañado por conciencia. La conciencia para Descartes es, como para la fenomenología del siglo XX, “conciencia de algo”. Al afirmar que pensar es sentir, el racionalismo, está diciendo que para que estén libres de toda duda, la emoción y el sentimiento deben ir acompañados de conciencia.

A partir de Descartes la conciencia se reduce al pensamiento y el pensamiento a la llamada conciencia. En otras palabras, el pensamiento y la conciencia son atributos exclusivos de la mente. Para Descartes como para la llamada filosofía de la mente que se práctica en nuestros días el cuerpo es objeto de duda, la premisa que lanza Descartes y que es adoptada por la ciencia moderna, el positivismo lógico y el racionalismo en general es que si podemos dudar de nuestro cuerpo y no de nuestra mente debemos concluir que no somos cuerpo sino mente.

A pesar de esta condena al cuerpo que pesa sobre la modernidad, el arte, la filosofía y la ciencia han revaluado éste racionalismo que determina el proyecto moderno. El arte, la filosofía y la ciencia han emprendido su crítica la racionalismo en moderno reaccionando a las contradicciones sociales del siglo XIX, escenario de las grandes revoluciones; además exigen revaluar el conocimiento racional a la luz de las grandes depresiones económicas, de las guerras mundiales, del holocausto nazi, de las expresiones perturbadoras del arte moderno, de la bomba atómica, de las consignas de la juventud al poder y del amor libre de los años sesenta, de la polarización del la tierra en dos ejes oriente-occidente, de la guerra fría; a la luz de los excesos del imperialismo norteamericano, de las dictaduras latinoamericanas, de la caída del muro, de la invención del tercer mundo, de la hambruna africana, de la invasión de Irak, etc.

Cuando se afirma, a la luz del fracaso del proyecto racionalista moderno, que la existencia de la cual estamos más seguros y que mejor conocemos es la propia, no se trata de una afirmación del tipo pienso, luego existo, no se trata de limitar la existencia a la medida de la mente, sino de ampliar la existencia propia a la medida del cambio. Nuestra existencia se reparte entre sensaciones, sentimientos y representaciones, ellas no son propiamente expresión de una conciencia, sino que son conciencia por sí mismas. El pensamiento no es la conciencia, ni la conciencia es la mente. La mente no sostiene al pensamiento, es el pensamiento quien sostiene a la mente. La conciencia es un término más amplio que el reconocimiento de un acto de pensamiento en la mente. La mente considera cada uno de nuestros estados internos como sí formaran un bloque. En la mente el cambio no es nada más que el paso de un estado a otro. Por el contrario la conciencia es todo cuanto sentimos, pensamos y queremos, es la zona entera que constituye nuestra existencia. Dicha zona, compuesta por nuestras representaciones y voliciones, no deja de modificarse en todo momento.

A la mente, entendida como conciencia de sí, se le debe hacer un llamado a la modestia, no debe tomársele como el centro y vector de la existencia sino como lo que es: el síntoma de una transformación más profunda y de la actividad de unas fuerzas que no tienen nada que ver con lo racional. La conciencia por el contrario, debe ser de nuestro total interés, pues es el lugar de transformación y de actividad de la fuerza, es la región del yo afectada por el mundo exterior. La conciencia no se define en sus relaciones consigo misma, sino en relación con el exterior, es decir, en términos freudianos, la conciencia se define en la relación de un yo con ello (no conciente). La conciencia es la formación de un cuerpo. El cuerpo es la conciencia y viceversa. Por este motivo afirmamos que todas las cosas son conciencia, no necesariamente conciencia de algo. La conciencia de sí es una ilusión de la mente. Como se define aquí la conciencia es un campo de fuerza, un medio disputado por una pluralidad de fuerzas. La oposición mente y cuerpo debe ser revaluada a la luz de la conciencia en cuanto cuerpo.

A partir de la noción de conciencia en cuanto cuerpo tenemos una nueva imagen del pensamiento. Aquí el pensamiento no se presenta como un simple contenido mental sino como expresión del movimiento de la conciencia. Desde esta perspectiva el pensamiento es conciencia y la conciencia es el pensamiento. La realidad no es independiente del pensamiento del cuerpo y de la conciencia. Al igual que la conciencia está constituida por fuerzas en tensión, el pensamiento y el cuerpo también están constituidos por fuerzas. El pensamiento, el cuerpo y la conciencia mantienen una relación de inmanencia.

La mente, memoria del pensamiento, por el contrario presenta una imagen sesgada de la conciencia. La memoria produce la ilusión de lo permanente. La memoria inserta el pasado en el presente presentándonos una imagen del tiempo. Al avanzar en la ruta del tiempo nuestra percepción se hace memoria. La percepción se fija más fácilmente en la memoria que en el cambio ininterrumpido. Es más cómodo fijarse en la seguridad de la memoria, en el espacio recorrido que en el cambio, es decir, es más soportable la reproducción del movimiento que el movimiento real. La conciencia, lo que la ciencia moderna ha llamado de este modo, es la percepción de los movimientos de la memoria. La percepción que se refugia en la memoria cierra los ojos a la incesante variación. El cambio, no puede ser negado, no obstante la percepción amparada en la conciencia de sí misma da cuenta del cambio obviando su continuidad, supone en el cambio, no la continuidad sino que un estado nuevo se yuxtapone a uno precedente.

La aparente continuidad de la vida psicológica radica en que fijamos nuestra atención en una serie de actos discontinuos donde no hay más que una suave pendiente, en palabras de Bergson. La discontinuidad de nuestra percepción se da porque nos fijamos en los puntos más iluminados de una zona inestable que comprende todo cuanto sentimos, pensamos, queremos, todo en cuanto en última instancia somos en un momento dado. En contradicción a la ciencia moderna y a la conciencia de sí, llamaremos conciencia a la zona entera que en realidad constituye nuestro estado.

Sólo mediante la experiencia directa, mediante el choque del pensamiento con la conciencia, no midiendo la conciencia sino experimentándola se da una apertura a la vida creativa. En el sueño vemos cómo el pensamiento irrumpe directamente en el dominio de la conciencia pura, porque el pensamiento, explica Bergson, se libera de la sucesión del tiempo homogéneo presentado por la memoria. La apreciación matemática del tiempo transcurrido deja de hacerse, cediendo el puesto a un instinto confuso, capaz, como todos los instintos de proceder con una seguridad extraordinaria

domingo, julio 01, 2007

Pedagogía y cultura.


Dentro de la pedagogía actual el proceso de adquirir conocimiento es un acto personal de interacción entre lo que el individuo sabe y lo que quiere saber. Aquí se supone que el individuo siempre usa lo que sabe para integrar lo que se desconoce, de modo que si la persona no puede relacionar lo nuevo con algo que ya conoce no le es posible concretar el aprendizaje. Dado que la pedagogía en la actualidad se confunde con la reflexión sobre los modelos pedagógicos legados por la modernidad y busca construir a partir de ellos un modelo que incorpore las nuevas experiencias y el saber producido por las nuevas actividades humanas en la cultura moderna; todo nuevo saber debe responder a la demanda de la cultura, de otro modo lo nuevo no encuentra reciprocidad en el saber individual. La pedagogía vista de este modo reduce el proceso de aprendizaje a los saberes alcanzados por la cultura, ya que el aprendizaje se limita a incorporar lo nuevo a la lógica de los conocimientos adquiridos limitando el aprendizaje.

La pedagogía que aquí se propone busca ser más que una reflexión sobre los modelos pedagógicos implícitos en la cultura. La pedagogía debe ser como en otro tiempo, sencillamente, el arte de educar; más que reflexionar sobre los modelos educativos la pedagogía debe apuntar a enseñar a las personas a construir modelos educativos acorde a su experiencia. Convertir los conocimientos en experiencia, o hacer de las experiencias un conocimiento singular, no ha sido un problema de primer orden para la pedagogía actual, pues en los modelos pedagógicos heredados están implícitos los conocimientos adquiridos en la cultura y el aprendizaje se ha concentrado principalmente en el proceso de recibir información acerca de fenómenos, hechos, teorías o pensamientos del pasado. El conocimiento, entendido como acción de presenciar en la mente efectos o ideas acerca de una cosa, rara vez se concreta, dado que la experiencia del mundo se ha reducido al encuentro entre maestro-alumno y la socialización de un saber establecido en las aulas de clase.

La educación ha sido entendida dentro de nuestra cultura como un conducir al individuo hacía el saber, se ha puesto el saber como fin del conocimiento y del aprendizaje. Aristóteles definió al hombre y a la mujer como poseedores de una facultad de aprender, decía que el saber es un deseo natural y argumentaba que el placer que causa a nuestros sentidos conocer es una prueba de ello. Sin embargo, antes de Aristóteles hubo sabios que se exigían a sí mismos controlar este deseo natural en aras de un ideal de vida. Su postura se fundamentaba principalmente en que querían vivir enseguida lo que habían aprendido. Nuestro ideal de educación exalta el deseo natural de saber pero el estado de nuestra actual cultura: la acumulación de saber histórico, la incapacidad de los saberes heredados para dar respuesta a problemas existenciales de primer orden (¿Cómo y para qué vivir? ¿Quién soy? ¿Qué quiero y para qué? ¿Qué conocimiento responde a mis deseos?), muestra que tanto el instinto desatado de conocimiento como el odio al saber nos han quitado la capacidad de crear la realidad. En otras palabras se puede decir que el peso de nuestra cultura no permite que experimentemos el conocer, ni sinteticemos nuevos saberes.

Si bien, la educación convencionalmente está relacionada con la concepción de formar, la formación a la que han aspirado los educadores modernos no permite que el saber llegue a ningún efecto sobre la vida y la acción. Esto sucede porque el saber histórico que es cualidad de nuestra cultura ha renunciado a la posibilidad de formar personalidades. La educación se ha concentrado en ayudar al hombre y la mujer a asimilar los presupuestos históricos sobre los que descansa nuestra cultura, en estimular el instinto de conocimiento, a que recorra el camino ya recorrido por la razón en el tiempo. La educación es para los educadores modernos un proceso de integración personal a la cultura que promete la realización individual en la misma. Sin embargo este proceso obliga al individuo a postergar esta realización constantemente pues debe ir reconociendo los presupuestos que tiene cada nuevo conocimiento que alcanza. Para llegar al saber, esto es, a vivir lo conocido, debe primero recorrer el camino que precede a dicha experiencia y hacer así legítima su forma de vida. Nada debilita más la personalidad como este proceso, pues toda acción está sometida al reconocimiento de la cultura. El proceso integrador a la cultura que proponen nuestros educadores promete lograr la objetividad del mundo por vía del conocimiento. La promesa de la educación es la libertad, entendida como dominio del mundo por medio de la ciencia y la técnica. La libertad es aquí entendida como autonomía del sujeto frente al mundo, es decir, no impulsa a tener una experiencia del mundo sino a abstraer un saber sobre el mundo que permita hacer de éste algo previsible. Se podría llegar a pensar que toda la información que se tiene del mundo, nos daría un amplio margen de acción para vivir la experiencia, pero lo que sucede en nuestra cultura es que la información que se ha acumulado pesa sobre toda acción. La acción está medida por conocimientos ya comprobados, por la probabilidad y la lógica del éxito-fracaso. Para la mayoría es mejor tomar el camino seguro de las experiencias comprobadas que experimentar directamente el influjo del mundo y sacar sus propias conclusiones.

Lo que aquí se propone es que debe ser una prioridad de la pedagogía darle unidad la personalidad. La personalidad es aquí entendida como coherencia entre pensamiento y acción, como voluntad que lleva a alcanzar los más singulares anhelos, como expresión de los actos creadores. La personalidad con que la cultura dota al individuo por medio de la enseñanza no responde al objetivo de la pedagogía aquí propuesta, pues está no es otra cosa que una proyección que le sirve para anticiparse al futuro. La construcción de la personalidad es para la pedagogía actual la confirmación de la humanidad de los hombres y las mujeres por medio de los ajustes de los propios deseos a un proyecto trazado y alcanzado de antemano por algunos. El individuo se adapta a dicha personalidad que encarna los ideales de humanidad y la proyecta a su propio entorno. Su trabajo es transformar su entorno mediante la herramienta de la cultura, ajustándola a la imagen que está ha construido de la humanidad. Aquí todo proyecto de vida debe integrarse al proyecto de la cultura para alcanzar algún día la libertad y felicidad anheladas.

La tranquilidad de la convención ha sido la recompensa que la pedagogía actual nos ha procurado. Esta recompensa es sin embargo un imperativo para todos. La educación está hoy día constituyendo una clase social que se refugia en nuestros centros de enseñanza a tratar asuntos ajenos a la vida, a solucionar problemas prácticos mediante el dominio de una técnica y la objetivación de la existencia. La educación se ha convertido en el privilegio de aquellos que manejen las convenciones impuestas por los doctos quienes se han levantado como una comunidad hablante a la cual se accede pagando el ingreso a nuestros centros de educación. Las universidades de han convertido en centros de iniciación a problemas ya resueltos, a la reproducción de puntos de vista ya aceptados y sobre todo en la posibilidad de participar en el proyecto de humanidad de la cultura.

En gran medida somos testigos del fracaso del proyecto de la humanidad en la cultura. Lo que se llama hoy hombre o mujer no es sino una gastada copia de la impronta de los grandes individuos. La convención es lo que nos caracteriza como individuos, esto es, la vulgaridad. La visión que hoy tenemos de nosotros mismos está mas cerca del imperativo que de nuestros verdaderos deseos. El cultivo de sí mismo es visto como una frivolidad, el cuestionamiento de la postura que adoptamos frente al mundo, de los paradigmas que nos rigen, como locura. Posiblemente pasaremos como la época más insustancial de la humanidad para los hombres y las mujeres del futuro que revisen la historia desde la perspectiva de la vida.

La pedagogía que se propone busca cambiar los paradigmas que rigen nuestra cultura, busca vencer el miedo a romper la convención. Para esto reconoce a los hombres y a las mujeres como sujetos de formación. Esto implica un acercamiento a las condiciones que nos han rodeado en cuanto hemos sido sujetos de aprendizaje. Implica salir de la perspectiva de la cultura, del ideal de humanidad impuesto y volver a la perspectiva de sujeto de aprendizaje. La pedagogía busca llevar al sujeto de aprendizaje a la emoción y al sentimiento que llevaron a la razón a fijar las ideas que han determinado la personalidad. En este sentido se dice que la pedagogía se convierte en parte de la historia de vida.

Reconocer al sujeto de aprendizaje y a los educadores como sujetos de formación y no como portadores de un saber humanista-cultural, implica una vuelta del objeto de conocimiento, aquí el individuo se preocupa menos del conocimiento del mundo que del conocimiento de sí mismo. El fin al que se aspira es la educación, educación ya no como aprendizaje de un conjunto de convenciones y paradigmas, sino como el aprender a relacionar la emoción, el sentimiento con el pensamiento y la acción, esto es, como la construcción de la personalidad.

La mayor dificultad con la que nos encontramos es la incapacidad de nuestros educadores para conducir al sujeto de aprendizaje en el camino hacía sí mismo. En este punto se hace relevante pensar en quienes son los verdaderos maestros. ¿Maestro es aquel que enseña una técnica o un saber? ¿Una figura a la que se ha certificado para transmitir el saber de la cultura? ¿Aquél autorizado para instruir, para impartir tareas y premiar o castigar a quien no cumpla con ellas? O aquel que nos acerca a nosotros mismos. Los verdaderos educadores y formadores, decía Nietzsche con razón, son los que nos muestran el genuino sentido originario y la materia básica de nuestro ser, son aquellos que nos rebelan lo que no es susceptible de ser educado ni formado. Sin embargo “aquello” que nos es propio y no susceptible de ser educado, es de difícil acceso, algo oculto, algo que los educadores modernos se empeñan en que ocultemos. En este sentido los pedagogos no son otra cosa que liberadores y la educación es liberación. Por ello, la mejor educación es la que nos vuelve al punto donde empezamos a ser sujetos de aprendizaje, donde la cultura empezó a formarnos. Los maestros en oposición a los educadores modernos son los guías en este camino.

La relevancia de un maestro, lo que lo diferencia de un educador moderno, está en función directa de su capacidad para ofrecer un ejemplo. Pero el ejemplo debe ser dado mediante la vida visible, no sólo a través de palabras o escritos sino mediante gestos, con el rostro, con la actitud, con su vestimenta, mediante los alimentos que consume. El maestro dibuja con lo mencionado su personalidad. El educador moderno es por el contrario gris, neutro en cuanto al saber adquirido, incapaz de jerarquizar, de darle prioridad a lo que realmente constituye su ser. Su interés es adherirse a la convención, ganar respetabilidad y administrar cuidadosamente sus conocimientos en los alumnos pues ve en ellos una competencia futura, valora más el esfuerzo que los resultados, y muestra más interés por la mayoría obediente que por las inquietudes particulares.

Retomando lo anterior decimos que la educación debe ser un proceso por el cual el maestro lleva a su discípulo a que descubra el sentido originario y la materia básica de su ser. Esto puede sonar algo abstracto pero es sencillo. A la materia básica o sentido originario del ser nos referimos a ello por medio de las emociones. En la emoción, en nuestras pasiones se encuentra nuestra esencia. La emoción es lo que nos comunica con el mundo. Primariamente el objeto corresponde a la emoción. La representación de esta emoción es el sentimiento o la sensación, y las sensaciones se hacen ideas en nuestro cerebro. Llevar al discípulo a su esencia es conectar sus ideas a las emociones. La educación moderna niega las emociones, le da preeminencia al saber ya aceptado antes que enfrentarse a lo desconocido. El conocimiento hace conocido lo desconocido y por lo general el hombre y la mujer moderna se encuentran más aferrados a lo conocido que a lo desconocido. Afrontar lo desconocido obliga a la creación a revaluar los conocimientos, a actualizar la esencia. Al experimentar la emoción nos vemos obligados a hacer nuevas representaciones, a crear nuevas relaciones sinápticas en nuestro cerebro, a crear ideas.

La creación esta limitada por la cultura, pero la pedagogía propone ampliar sin temor el espacio de la creación. Sin embargo este debe ser “un lento y moderado desarreglo de nuestros sentidos” pues la voluntad del hombre y la mujer modernos esta aletargada. Es más fácil seguir el deber que el querer. El deber es en alguna medida un trabajo de todos mientras que el querer implica no sólo un trabajo individual sino enfrentarse a los otros. La voluntad, entendida por la facultad de realizar nuestros deseos, la energía de hacer conocido lo desconocido, nos lleva a los actos creadores. El fin de la pedagogía no puede ser sino este: llevar al hombre y a la mujer al encuentro con su propia voluntad, construir una nueva cultura.

Este proceso pedagógico implica un desprendimiento de los conocimientos adquiridos sin experiencia y sin vivencia, un avanzar hacia atrás para abrir una perspectiva más amplia de la existencia. Implica una autodisciplina entendida como la elaboración de un método. La disciplina tiene que dejar de ser imposición para convertirse en un método. El método es susceptible de ser enseñado, el papel del maestro cobra importancia en este aspecto. El maestro debe procurar las herramientas que más le convengan al discípulo para que encuentre su esencia, esto lo hace mediante el ejemplo, manteniendo una coherencia entre su pensamiento y su expresión.

sábado, junio 23, 2007

Sobre la dialéctica




1. Dialéctica clásica y nueva dialéctica.

La nueva dialéctica es una forma de conocimiento de sí mismo y del entorno que permite, a quien haga uso de él, entrar en una dimensión del saber que cierra la brecha entre el observador y el observado. Esto significa que el objeto es observado como indivisible de un todo del que el observador hace también parte. La nueva dialéctica lejos de escindir al hombre o a la mujer de su entorno, y de convertir al mundo en un objeto desconocido y por lo tanto cognoscente, propone generar la conciencia de que el sujeto está en relación horizontal con sus semejantes y el mundo. Así cuando transforma y conoce su entorno es transformado por él. Todas las cosas están ligadas íntimamente dado el carácter material del pensamiento, de la sociedad y de la naturaleza. El pensamiento y naturaleza son considerados como procesos de producción análogos y simultáneos. No hay un substrato al cual el pensamiento pueda acceder en la naturaleza, ni hay posibilidad de rebelar una razón en la naturaleza. En este sentido la nueva dialéctica no estaría ligada a un programa racional en el que el pensamiento se refleja en naturaleza como en un telón de fondo. El pensamiento ligado a un programa racional busca afirmarse en el mundo, confirmando un orden racional en la naturaleza. La nueva dialéctica estaría por el contrario, ligada a idea de que pensamiento y naturaleza son dos procesos análogos, es decir, a la idea de que hay productos del pensamiento como productos de la naturaleza, diferentes en cuanto a su realidad pero similares en la medida en que hacen parte de una misma totalidad.

El modo de operar que tiene la dialéctica clásica niega el cambio y el devenir, porque para ella la labor del conocimiento es simplemente descubrir un orden racional en la naturaleza. El acto de pensar dentro de la lógica de la dialéctica clásica se reduce a confirmar las creencias y presupuestos que están en la base de cultura, dentro de uno de tantos ordenes posibles en el mundo. Desde esta perspectiva todo lo nuevo, lo desconocido, ajeno al pensamiento, es negado; el azar como potencia transformadora es relegado al terreno de lo negativo. El ser, para la dialéctica clásica, es lo que no puede sino ser reconocido por el pensamiento. Lo que es, el ser, es lo que permanece a los cambios, el ser se expresa en el mundo en el ajuste del mundo conforme a la razón. Este camino según los teóricos de la razón que va de Descartes a Hegel conduce a la libertad. Ahora bien, este tortuoso camino niega las fuerzas creadoras de la vida, el instinto, los sentimientos, pasiones, los sentidos. Gracias a los instintos y no a la razón somos uno con la naturaleza. El instinto es fuerza al igual que las leyes que rigen la naturaleza, todo en la naturaleza es acción, al igual que el instinto. El instinto no es conciente de si mismo, la naturaleza y el instinto no saben de bien y mal. La razón por el contrario es pensamiento que se sabe a si mismo. No es acción sino reflexión, mide la fuerza, la pesa, le da un valor conforme a sus fines. El fin de la razón es la libertad entendida como la emancipación del sujeto de las fuerzas de la naturaleza y del instinto. En este punto vale la pena preguntarnos si hoy en día estas ideas de libertad y razón están a la altura de los desafíos que la vida le impone al pensamiento, a saber, unir lo que la razón ha desunido.

La dialéctica clásica al escindir el pensamiento y el mundo fundamenta la relación del conocimiento en la dominación, esto es, la imposición del concepto de la razón sobre el mundo. Este modelo de conocimiento relaciona las cosas desde una sola perspectiva, la cual es verdadera en la medida en que corresponde a la confirmación de un presupuesto: todo lo racional es real, todo lo real es racional. La idea de que la verdad es una convención es ajena a la dialéctica clásica, al igual que la idea de que el orden es relativo al espectador y la idea que dice que todo conocimiento corresponde a una perspectiva. Por el contrario para la nueva dialéctica la verdad es producto de la intersubjetividad, es una imagen que se levanta por el choque entre dos o más perspectivas, la verdad para ella es una síntesis entre opuestos.

Para la nueva dialéctica conocer es un acto de fuerza, pero la relación entre fuerzas no debe estar determinada por una ley preexistente al conflicto. La nueva dialéctica no niega ninguna fuerza de antemano. Por medio de la razón se niega la fuerza en la dialéctica clásica. La nueva dialéctica afirma la diferencia pero niega la negación. Así el pensamiento en el método dialéctico es potencia de cambio, creación de realidad; la naturaleza análogamente es transformación de fuerzas y la sociedad es el lugar de las contradicciones entre perspectivas particulares que se forman del encuentro del pensamiento con la naturaleza. La sociedad es el lugar donde se produce la cultura.

La aplicación de la dialéctica clásica he generado una cultura del maltrato pues las redes de interrelación social se han sustentado en la dominación y la sumisión. Aquí el papel del pensamiento no es el de producir modelos de interrelación social sino el de reproducir un modelo que sustenta su autoridad en el pasado. Lo viejo niega a lo nuevo y lo incorpora a sí mismo en el transcurso de la razón en mundo, lo viejo inscribe a lo nuevo en el tiempo lineal hacía un incierto mundo gobernado por la razón. La idea de un mundo liberado por la razón, la negación del presente, la incorporación del presente al pasado, la promesa de una libertad futura por medio del sometimiento en el presente, han dominado el imaginario colectivo por más de tres siglos. Un ejemplo de ello es el sometimiento del deseo a las condiciones económicas, la búsqueda de la felicidad en el consumo, el sobrevaluado valor al trabajo y la devaluación del ocio; el temor a lo desconocido, la negación de la diferencia mediante el sometimiento y la sumisión. Ser moderno hoy en día es saberse un producto del progreso en el tiempo, saberse en la cima del camino recorrido por la razón. Por ello cada vez la dominación y el maltrato se han hecho más comunes, pues se incurre en esas prácticas apelando al bien de los tiempos futuros donde se eliminaran todas las diferencias. Negar el instinto en los niños y las niñas, la voluptuosidad en la mujer, el ocio implicado en toda práctica de sí, se ha convertido en una afirmación de la razón en el mundo, en el dominio de la naturaleza y el camino a la libertad. La negación de la diferencia ha llevado a la reproducción de la violencia y al surgimiento de cada vez más movimientos de reacción más que de acción frente al modelo y las leyes surgidas de la dialéctica clásica. La nueva dialéctica es una tentativa de transformar la cultura de la dominación y el maltrato en una cultura de paz, una cultura que aunque busca la inclusión no niega la diferencia.

La nueva dialéctica presenta tres momentos: La contemplación, el análisis y la síntesis. Cada momento esta ligado a una dimensión del conocimiento en el todo y a una regla que responde a lo que es propio de sus procesos. La dimensión en la que opera la contemplación es la de la naturaleza; la del análisis en la sociedad y finalmente la de la síntesis en el pensamiento. Por otra parte, la naturaleza responde a la ley de los cambios cuantitativos en cualitativos y viceversa; la sociedad responde a la ley de la unidad y la lucha de contrarios y el pensamiento responde a la ley de la negación de la negación. Lo que diferencia a una dimensión de otra no son grados metafísicos ni de realidad, el pensamiento no es más real que la naturaleza ni responde a un mundo superior al que nos afecta los sentidos inmediatos. La diferencias son más de densidad y de composición, de velocidad y de retardo. Hay una diferencia gradual entre la forma que vibra la naturaleza y el pensamiento, sin embargo comparten la misma frecuencia. De no ser así no la podríamos percibir. No obstante la ciencia y la filosofía modernas se han encargado de crear interferencia en esta frecuencia común en una tentativa de igualar los grados de vibración de la naturaleza a la del pensamiento. Esto ha dado como resultado una imagen antropomórfica del mundo y ha reducido la posibilidad de experimentar al mundo y a nuestros semejantes como presencias. La dialéctica clásica opera de esta manera. De manera distinta opera el método aquí propuesto. No se trata de igualar a la naturaleza al nivel del pensamiento negando todo aquello que no responda a sus presupuestos, sino de integrar al pensamiento y a la naturaleza en una unidad de contrarios. No se trata de levantar una imagen del mundo como una totalización del pensamiento, sino de mantener la interacción del pensamiento y de la naturaleza como un todo abierto, como un campo morfogenético o plano de inmanencia.


1.2. La nueva dialéctica

Se ha planteado que la nueva dialéctica es un método de conocimiento que tiene tres momentos. En principio se trata de dejar de ver los fenómenos como algo aislado para considerarlos en sus relaciones, la contemplación implica esta mirada. La naturaleza muestra que todas las cosas están relacionadas entre sí, todos los productos están en constante unión. Ya desde la antigüedad ha mostrado que la cualidad de la naturaleza es el cambio, no en vano una de las primeras cuestiones que fundaron nuestra civilización fue la pregunta que es aquello que permanece a los cambios a la naturaleza. Las respuestas llevaron a los antiguos a abstraer en un ejercicio interpretativo elementos primordiales. La tierra, el aire, el fuego, el agua, debían ser el sustrato de la naturaleza. Sin embargo desde Tales hasta Parmenides siempre se afirmó que incluso los elementos estaban sujetos a la transformación de unos en los otros. Aire en agua, tierra en fuego, Aire en fuego, etc. Fue Heráclito el más radical de los filósofos al afirmar que lo que permanece en la naturaleza es el cambio. No demoraría sino un siglo en aparecer la escisión en el mundo con la figura de Sócrates, quien propuso que la verdad y la virtud eran capaces de hacer inteligible lo inentilegible, es decir, develar lo permanente en todo cambio. Podemos denominar este el primer momento de la dialéctica clásica. Esta imagen influenciaría a Platón y Aristóteles a levantar una imagen puramente intelectual del mundo en oposición al mundo cambiante. La virtud no sería sino una forma de buscar lo como deseable lo más similar al mundo ideal y como despreciable lo menos parecido. La virtud sería la igualdad y lo despreciable la diferencia. Aristóteles se empecinaría en buscar el ser en cuanto ser más allá de los accidentes, y en oponer la materia al nous. En estos, los tres primeros grandes filósofos se generaría la oposición entre el mundo verdadero y el aparente.

No obstante, la oposición a los preplatónicos, nunca ha sido contundente, los sofistas y más adelante los atomistas y estoicos mantuvieron la aseveración de que lo único permanente es el cambio. Pensar el movimiento siempre ha sido una constante en la historia del pensamiento pero la historia moderna ha destacado las filosofías que encauzan el movimiento en el camino de una causa material a una causa final, herencia de Aristóteles. Por otra parte la influencia de las ideas cristianas de redención y salvación y la noción del pecado orginal en la modernidad han contribuido a que todo cambio debe estar soportado por una teleología, es decir de una causa final, en este caso la salvación. Gracias al cristianismo la dialéctica clásica se hace negativa, la penitencia se hace motor para acceder a un mundo mejor que este. Por otra parte, la imagen de un Dios hecho hombre, muerto y resucitado, esto es, la caída a este mundo y elevación de un Dios a su reino, terminan de crear conciencia de un más allá que contradice este mundo. Más adelante la Reforma protestante, la Revolución francesa, la Ilustración y el idealismo alemán, configurarían la dialéctica clásica en lo que es hoy: el anhelo de convertir este mundo en racional. Con la Reforma protestante, la razón humana se diviniza, con la ilustración la razón se convierte en el factor que elimina las contradicciones de la historia y con la revolución francesa la razón se hace un ideal realizable para todos. Las ideas de igualdad, libertad, fraternidad se convierten en la finalidad de la razón y todo aquello que no responda a esos ideales es un factor negativo.

Como se ha tratado de ilustrar desde la perspectiva de la dialéctica clásica, el cambio, es puramente cualitativo, aunque hay transformaciones en el pensamiento se mantiene la misma cualidad: la negación del presente.. Para la dialéctica clásica las formas de hacer el mundo verdadero se han mantenido cambiando únicamente las formas de denominar lo que permanece, en los antiguos es la idea, en los medievales es Dios, en los modernos es la razón. No obstante en la segunda mitad del siglo XIX se empieza a formar la tentativa de dar un salto cuantitativo, cuando la ciencia, la filosofía y el arte evidencian la crisis de los modelos de representación o de las ideas rectoras del progreso en la historia. Los modelos racionales se ven afectados por la emergencia de nuevas formas de producción de realidad provocadas con el advenimiento de la revolución industrial. Con el capitalismo las relaciones entre las personas cambian, la facilidad que da el dinero para adquirir productos crea nuevos anhelos y esperanzas, la libertad que da el dinero procurarse bienestar y tranquilidad pone en cuestión la idea de un mundo mejor más allá de éste. Sin embargo se someten todas las actividades humanas a mantener estas condiciones en aras de que un día el bienestar llegará para todos y cada uno de los presentes en este mundo. El bienestar que promete el capitalismo no es un cambio cuantitativo. De nuevo el sometimiento del deseo a las condiciones económicas supera cualquier tentativa de lograr una analogía del pensamiento con la naturaleza, la liberación de las fuerzas creativas que convivan en su diversidad. El capitalismo homogeniza el tiempo por medio de la organización del trabajo y resalta las relaciones de dominio y sumisión implícitas en la dialéctica clásica.

La nueva dialéctica quiere dar un salto cualitativo y por eso se rehusa a dividir el mundo en verdadero y aparente, afirma el cambio y la transformación como lo único que permanece, de este modo niega los modelos que pretenden perpetuarse. Toda tentativa de perpetuación puede ser traducida como forma de maltrato, pues a su alrededor crea una contranaturalaza que se opone al cambio natural al pensamiento, a la naturaleza y a las sociedades. Aquí cambio no es necesariamente progreso, el progreso implica una finalidad y por lo tanto la perpetuación de una perspectiva sobre las demás. La nueva dialéctica no busca realizarse más allá del tiempo pues en la contemplación ha encontrado que sólo el instante presente es la puerta de la eternidad, pues al afirmar el cambio siempre confluirán aquí y ahora el pasado y el futuro. La dialéctica clásica solo acepta el cambio cualitativo y por ello siempre es la imagen de sí misma con diferentes ropajes. La nueva dialéctica al identificar en la naturaleza las leyes de cambios cuantitativos en cualitativos en la naturaleza al afirmar que lo único permanente es el cambio, permite que no se confunda la cualidad con la propiedad pues muestra que ninguna cualidad se manifiesta independiente de sus relaciones, es decir, toda cualidad esta ligada a una estructura.

Al permitir el salto cuantitativo, la contemplación se dispone al análisis. En la contemplación, primer momento del método dialéctico el pensamiento se crea una imagen de sí mismo, de su extensión, de sus contradicciones y de las fuerzas que lo recorren. No podemos conocer sino por el pensamiento, es decir, mediante la síntesis que hacemos de los datos de los sentidos. Damos cuenta de un olor en la medida en que lo relacionamos con los datos que nos proporcionan los cuatro sentidos restantes. El olor, sabor, color y dureza, son propiedades de un objeto. La suma de ellos es el objeto tal y como se nos presenta al pensamiento. En gran medida, para nosotros los objetos son pensamiento, y el pensamiento el espejo de la naturaleza. Estamos habituados sin embargo a dar crédito de nuestros sentidos a confiar que más allá de los datos que nos dan existe un mundo fuera de nosotros. La nueva dialéctica no duda de los sentidos en la medida que no los considera un reflejo de la naturaleza, sino naturaleza, o para decirlo más rigurosamente materia.

¿Quien ve nuestros pensamientos? Sólo nosotros mismos, sin embargo mediante el lenguaje comunicamos nuestros pensamientos a los otros y llegamos a convenciones respecto a lo que debe ser el mundo. Los resultados de la ciencia son una convención, la metafísica una fábula y el arte lo real. No podemos vivir sin convenciones, fábulas o la imagen de un mundo. Por eso nos causa incomodidad todo lo que perturba nuestras metáforas. Todo lo que amenaza con destruir nuestros sistemas de creencias esta relegado a la negatividad, según la dialéctica clásica. La visión contemplativa por el contrario hace convivir las contradicciones desde el conocimiento perspectivo. Para la nueva dialéctica el conocimiento es perspectivo. Sostiene que la medida de las cosas es otorgada por la perspectiva y que las cosas no tienen un valor dado en sí mismo.

Desde el enfoque de la nueva dialéctica cobra sentido aquel giro crítico que le dio Kant al conocimiento, al convertir la facultad del conocer en un aparato crítico de sí mismo. Antes de preguntarse ¿qué podemos conocer? se propuso a determinar los límites del conocimiento. Hizo de este modo una división entre lo conocido y lo que va más allá de el conocimiento. Sólo podemos conocer por medio de nuestros sentidos, afirmo Kant. Sin embargo mostró que más allá de los sentidos hay “algo” que denominó la cosa en sí. El lugar de la cosa en sí es Dios, según Kant. Por eso mismo afirmo que el objeto de nuestros juicios estéticos es la cosa en sí, pues de allí proviene la libertad y la justicia.

La nueva dialéctica es una herramienta crítica de sí misma a la manera como lo plateo Kant. Sin embargo más allá de convertir la cosa en sí en un límite, la quiere convertir en un medio para ampliar sus propios límites. Si la medida de las cosas esta dado por el objeto, este no puede sino ser un imperativo. Kant encierra el conocimiento en sí mismo de manera que afirma que nada que no este a la medida de nuestros sentidos puede ser objeto de conocimiento. Kant relega el conocimiento a la moral al poner en el lugar de la cosa en sí, a Dios, a la libertad y la justicia. El obrar esta determinado por las acciones buenas, por el obrar conforme al imperativo. La nueva dialéctica se vale del análisis para generar nuevas formas. Esto quiere decir que libera a la cosa en sí para darle paso a lo desconocido. La cosa en sí se hace familiar al darle el lugar de las creencias y de los juicios morales. Pierde toda su potencia creadora. La realidad, se crea no se descubre, para la nueva dialéctica. La realidad sólo puede crearse en el vacío en el encuentro del pensamiento con la materia, en la descarga que produce el encuentro. La realidad se crea según la ley de la unidad de lucha de contrarios. Si a los objetos no le fueran inherentes sus contradicciones no sería posible el cambio y la transformación. Por esto se hace necesario mostrar las contradicciones más allá de los juicios morales. Mostrar que aquello que lamamos Dios, libertad y justicia, no es otra cosa que la vida. Desde esta perspectiva las cosas son justas e injustas a la vez, todo depende de la perspectiva desde la cual se le mire.


El que a través de la crítica se haga manifiesto que las contradicciones son inherentes a nuestros juicios que tenemos del mundo, nos lleva al ámbito de la síntesis. La negación de la negación, esto es la afirmación de la negatividad en los contrarios da como resultado nuevas formas de realidad. La dialéctica clásica evita la confrontación por eso niega la diferencia, la hace inexistente en la medida en que no encuentra en ella correspondencia a sus presupuestos. La nueva dialéctica por su parte le da al enemigo reconocimiento, por decirlo en términos de confrontación. Si no hay un rival, otro, un desconocido no aprendemos nada nuevo y la creación es dejada de lado. La síntesis abriga el nuevo conocimiento, elevando lo negativo al rango de lo existente.

Las relaciones de dominio- sumisión, son producto de la dialéctica clásica, en la medida en que esta niega la aparición de lo nuevo. Si bien es cierto que para que algo nuevo pueda expresarse debe tomar como punto de partida lo establecido. Lo nuevo esta en capacidad de desarrollarse más allá de lo conocido, aumentando en cantidad sus propiedades para producir un cambio en lo establecido. El pensamiento debe exigirse más allá de sus límites para crear nuevas conexiones. La dialéctica clásica niega la aparición de lo nuevo mediante la negación, por eso la síntesis se encarga de negar las negaciones en un ejercicio de afirmación radical de la diferencia. Esto se logra abriendo al pensamiento a la vida, acercando el pensamiento al objeto, liberando de imperativos al objeto. El ser no es solamente lo conocido, es decir la escisión entre lo verdadero y lo falso, sino la síntesis de los contrarios, lo posible en el pensamiento y lo posible en la naturaleza. Afirmar las nuevas relaciones es el primer paso para engendrar nuevas realidades, lo demás depende de la fuerza, de la capacidad de cambiar la cualidad de lo viejo por lo nuevo. Por afirmar las diferencias y aceptar el devenir en toda su dimensión. El carácter de la nueva dialéctica es lo trágico, en el sentido en que no niega ni siquiera el peor dolor, ni el momento más triste del pasado. Lo afirma para transfigurarlo en algo mejor a la luz de lo nuevo. En la medida en que no dejamos aflorar nuestras contradicciones seguimos negamos el cambio cualitativo, pues el sufrimiento es condición de la creación.